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Trump: la fractura

por El Consejero
Trump: la fractura

Las elecciones legislativas del 3 de noviembre en Estados Unidos dejaron al descubierto la fractura de la coalición con la que Donald Trump regresó a la Casa Blanca.

Sus integrantes no necesariamente compartían las mismas ideas ni tenían las mismas prioridades; entre ellos había trabajadores que esperaban mejores empleos, empresarios que buscaban menos restricciones, jóvenes inconformes con los demócratas, conservadores religiosos y una proporción creciente de votantes latinos que encontraron, en él, diferentes motivos para apoyarlo. Esa diversidad fue una de las claves de su triunfo.

La coalición de Trump nunca fue una alianza ideológica en sentido estricto. Su principal punto de encuentro fue el rechazo a una situación que muchos estadounidenses consideraban insatisfactoria y la expectativa de que el nuevo gobierno modificaría las cosas.

Para unos, el problema era la pérdida de empleos y el costo de la vida; para otros, la inmigración, la seguridad o los cambios culturales. Trump consiguió hablarles a todos desde un discurso de ruptura, aunque las soluciones que ofrecía no necesariamente eran compatibles entre sí.

El costo de la vida terminó siendo uno de los principales motivos de inconformidad. La promesa de recuperar el poder adquisitivo no se tradujo en el alivio que esperaban las familias. Los precios siguieron pesando en los presupuestos, los aranceles generaron incertidumbre sobre los costos de productos y materias primas, y la guerra con Irán añadió presión a los precios de la energía.

La administración también tuvo dificultades para explicar por qué esos problemas no habían cedido, pese a que la recuperación económica había sido uno de los argumentos centrales de la campaña republicana. Una parte del electorado que había votado por un cambio comenzó a evaluar al presidente por los resultados.

El voto latino mostró otra de las contradicciones de esa alianza. En 2024, Trump avanzó entre los hispanos, particularmente entre los hombres, con un discurso que combinó empleo, seguridad y control fronterizo. Pero el respaldo a una política migratoria más estricta no equivalía a dar carta blanca a las deportaciones masivas.

Las redadas del ICE y el temor que se extendió en comunidades hispanas alcanzaron también a familias de estatus migratorio mixto, trabajadores, pequeños empresarios y ciudadanos estadounidenses. La política migratoria dejó de ser una promesa dirigida a la frontera y se convirtió en una realidad cotidiana para comunidades enteras. El retroceso republicano entre latinos debe leerse también a partir de esa experiencia, sin perder de vista que las preocupaciones económicas siguen teniendo un peso importante.

La inconformidad no se limitó a los hispanos. Los jóvenes que habían encontrado en Trump una alternativa a los demócratas tampoco vieron satisfechas sus expectativas. A ello se sumó el desgaste de una presidencia que convirtió cada decisión en una demostración de autoridad y cada diferencia en un enfrentamiento político.

Trump hizo de su figura el principal activo electoral de los republicanos, pero también consiguió que sus problemas fueran los problemas del partido. Los candidatos que buscaban un cargo legislativo terminaron sometidos a una evaluación que rebasaba sus propias campañas y antecedentes.

Los demócratas supieron aprovechar ese descontento, pero sería apresurado presentar el resultado como una recuperación de su proyecto político. Una cosa es votar contra el gobierno y otra muy distinta respaldar las propuestas de la oposición.

Los resultados muestran que los republicanos no lograron retener a todos los sectores que los habían acompañado en 2024; no demuestran por sí solos que esos electores hayan encontrado en los demócratas una nueva identidad partidista. La oposición recupera espacios y capacidad de presión, pero todavía tiene pendiente acreditar que puede ofrecer algo más que una alternativa al trumpismo.

El revés deja a Trump frente a un problema que no se resuelve con cambiar la estrategia de campaña ni con endurecer el discurso. La coalición que lo llevó a la presidencia estaba integrada por electores con demandas muy distintas y algunas incluso contradictorias.

El ejercicio del poder hizo más visibles esas diferencias. La economía no respondió a las expectativas, la política migratoria tuvo un costo que rebasó a sus destinatarios originales y la identificación del Partido Republicano con el presidente hizo difícil separar la suerte de unos y otros. Los demócratas capitalizaron el descontento, pero quienes al final pagaron la factura fueron los republicanos.

México y los resultados del martes

Como el presidente de Estados Unidos afecta a todo el planeta, todo el mundo debería poder votarlo, es una idea que se atribuye a varios personajes, incluido el músico Frank Zappa. Si así hubiera sido, seguramente Donald Trump no hubiera ganado las elecciones hace dos años y en estas elecciones intermedias los demócratas hubieran arrasado por mucho más.

El resultado de este martes se traduce en una vuelta al contrapeso de poderes que ha caracterizado a la democracia estadounidense luego de dos años de trumpismo casi incontenible y que influye en el escenario mundial, además de que pone cuesta arriba que los republicanos mantengan la Presidencia en 2028.

Sin embargo, en el caso de México, la abrumadora victoria demócrata no se traduce en un debilitamiento automático de Trump o en un alivio para la relación bilateral, con todo y el festejo de dos gobernadores electos de ascendencia mexicana.

Los resultados confirman que el presidente estadounidense, convertido en un “lame duck” con un Congreso opositor y sin posibilidad de reelegirse, enfrentará una parálisis legislativa interna que, lejos de moderar su accionar, probablemente lo empuje a concentrarse con mayor intensidad en la política exterior y en materia arancelaria, donde el Ejecutivo tiene amplias facultades y mayores márgenes de maniobra.

En el escenario exterior, a los estadounidenses les preocupa más la guerra con Irán, los acercamientos con Rusia o la invasión a Ucrania, que los narcotraficantes, trátese de lanchas hundidas a misilazos, de operativos del Escudo de las Américas o de “indictment” o acusación penal contra narcopolíticos.

En ese sentido un operativo unilateral en territorio mexicano, sea para una detención o destruir un narcolaboratorio, no parece redituable y sí con varias desventajas, empezando por el cierre de la colaboración bilateral que se ha estrechado a niveles no vistos desde el sexenio de Felipe Calderón.

No se dio antes de elecciones, no quiere decir que no suceda después —Trump es impredecible—, pero se ve más lejano ahora, lo cual no resta que haya más presiones contra México, como nuevos “indictments” contra políticos, con un costo bajo para el gobierno estadounidense, pero muy alto para el mexicano.

En cuanto al T-MEC o lo que sea que se esté fraguando, la promesa de un acuerdo comercial inminente antes de los comicios se desvaneció, y ahora la nueva mayoría demócrata en la Cámara de Representantes difícilmente aceptará ceder su facultad de aprobar un nuevo tratado sin imponer condiciones y no hay nada que indique que los demócratas estén a favor de ser más flexibles en las negociaciones con México.

El gobierno mexicano, que ha cedido en múltiples frentes, podría seguir vendiendo la idea de haber evitado una invasión u operación bilateral inminente o de haber logrado equilibrios imposibles, pero la realidad es que la relación bilateral entrará en una fase de mayor complejidad: un Ejecutivo estadounidense agresivo en lo comercial y lo migratorio, y un Legislativo demócrata que no será benigno con México en materia de seguridad y Estado de derecho.

Porque habrá que mentalizarse a que por lo menos tres políticas llegaron para quedarse más allá de Trump: la clasificación de terroristas a los narcotraficantes, el freno a la migración ilegal y los aranceles a discreción.

Más allá de la inflación

A medida que nos aproximamos al cierre del año, las cifras macroeconómicas proyectan un panorama que se debate entre la cautela institucional y la realidad cotidiana del consumidor. El consenso de los analistas financieros ubica la inflación general en torno al 3.8% anual, una cifra que formalmente se sitúa dentro del rango de tolerancia del Banco de México (3% +/- 1 punto porcentual).

En el papel, el dato insinúa que el vendaval inflacionario de años recientes ha cedido. Sin embargo, la percepción ciudadana al momento de surtir la despensa o pagar servicios sugiere una historia muy distinta.

Existen tres factores fundamentales que explican este contraste entre la estadística y el bolsillo:

El último trimestre suele registrar presiones estacionales previsibles. El retiro progresivo de los subsidios eléctricos de verano en varias regiones del país, sumado al repunte en la demanda por servicios de transporte, turismo y festividades decembrinas, genera un repunte temporal en la trayectoria de los precios.

Aunque el indicador general parece bajo control, el núcleo de la inflación, aquellos bienes y alimentos procesados cuyos precios no responden a volatilidades climáticas o energéticas, mantiene un comportamiento notablemente rígido. Cuando el costo de los alimentos básicos y servicios cotidianos permanece elevado, el alivio macroeconómico pierde resonancia en el presupuesto familiar.

Para las autoridades monetarias, el reto consiste en calibrar los recortes a la tasa de interés sin desanclar las expectativas de mediano plazo. Si bien la desaceleración del crecimiento económico presiona por una flexibilización en el costo del dinero, un recorte apresurado podría reavivar las tensiones sobre los precios.

El escenario proyectado para el cierre de año no sugiere una crisis de precios en puerta, pero tampoco autoriza un optimismo desmedido. El mayor riesgo radica en asumir que la meta numérica está consolidada. Mientras los componentes básicos del consumo continúen mostrando resistencia a la baja, el aterrizaje suave de la inflación seguirá siendo una métrica técnica en los informes monetarios más que una sensación tangible en la economía de los hogares.

Escuchar a quien se va también es invertir

Una renuncia también puede ser una auditoría de la empresa: revela la distancia entre lo que una organización promete y lo que sus colaboradores viven. Sin embargo, el Termómetro Laboral de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, encontró que 70% de los encuestados no tuvo una entrevista de salida al dejar su último empleo. Para la dirección, ahí hay una oportunidad de negocio: entender qué decisiones están provocando la pérdida de talento antes de volver a invertir en cubrir la misma posición.

La discusión cobra relevancia ante el reto de elevar la productividad en México, señalado por la OCDE. Conservar experiencia, conocimiento y equipos capaces de trabajar juntos debería formar parte de esa agenda. Una salida obliga a reclutar y capacitar, pero también puede revelar problemas de liderazgo, cargas mal distribuidas o promesas de crecimiento incumplidas. Escuchar permite distinguir qué puede corregir la empresa; atribuir cada renuncia a una mejor oferta salarial deja fuera una parte esencial del diagnóstico.

La oportunidad exige algo más que incorporar un cuestionario al trámite de baja, requiere generar confianza para hablar, identificar patrones y llevar los hallazgos a quienes toman decisiones sobre salarios, ascensos y jefaturas. Una entrevista aislada no prueba una falla; varias salidas con motivos similares merecen una respuesta. La madurez de una organización se refleja en su capacidad de convertir esas conversaciones en cambios que den a quienes permanecen más razones para quedarse.

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