De acuerdo a la Encuesta Intercensal (EIC) 2025 del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), somos ya 130 millones 393 mil habitantes, un crecimiento de 4.9 millones de habitantes respecto a 2020, con una tasa de crecimiento promedio anual de 0.7 %, un ritmo menor al que se observó entre 2015 y 2020, cuando alcanzó 1.0 % anual.
En 2020, la mitad de la población tenía 29 años o menos; para 2025, la edad mediana fue de 32 años, lo cual es resultado de una reducción relativa de los grupos más jóvenes y mayor peso de adultos y adultos mayores. Es decir, el bono demográfico se está acabando.
La misma encuesta nacional reporta que, del total de la población, 72.5 % estaba afiliada a alguna institución, siendo el IMSS la principal institución de afiliación a servicios de salud, al concentrar 54.1 % de esta población. A ello se suma que los hogares beneficiarios de programas de gobierno pasaron de 25.0 a 41.4 %, y los hogares con integrantes que recibieron ingresos por jubilación o pensión aumentaron de 13.0 a 16.6 %.
Un análisis del Centro de Investigación Económica y Presupuestaria (CIEP) revela que los recursos destinados a pensiones en el Paquete Económico 2027 representan el 27% de los ingresos propuestos para el siguiente año, 74% pensiones contributivas (IMSS e ISSSTE), alrededor de 1.8 billones de pesos, y el 26% a las no contributivas, es decir, las del Bienestar, unos 640 mil millones de pesos. Asimismo, el gasto en pensiones continúa incrementándose: en 2020 correspondían al 4.6% del PIB; se espera que para 2027 sea el 6.3% y en 2030 el 9%.
El tema es preocupante porque habrá menos trabajadores jóvenes contribuyendo a un esquema de pensiones que demanda cada vez más recursos, lo que podría derivar en recortes a otros rubros sociales, mayor deuda pública o, en caso extremo, un colapso parcial de las pensiones.
Es por ello que debería revisarse la edad de retiro de las pensiones contributivas y los montos y reparto de las pensiones no contributivas, focalizándolas realmente en quienes más las necesitan, lo cual no hará este gobierno y difícilmente propondrá alguien en una plataforma electoral. Lo que sí podría hacer esta administración o la que le suceda, es incentivar el ahorro voluntario priorizando las Afores, y la formalización laboral mediante reformas fiscales y laborales que amplíen la base de cotización.
El costo de un mal liderazgo
La conversación sobre salud mental en el trabajo suele centrarse en lo que cada persona puede hacer para manejar el estrés. Pero hay una pregunta que corresponde a las empresas: ¿qué ocurre dentro de los equipos para que trabajar se vuelva una fuente de desgaste?
En el Termómetro Laboral de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, el mal liderazgo fue el factor más señalado por los trabajadores como una afectación a su bienestar emocional, por encima de la preocupación por los ingresos y la sobrecarga de trabajo. La lectura de fondo es que el bienestar también depende de cómo se dirige, se escucha y se distribuye el trabajo todos los días.
Esto tiene una dimensión económica: cuando un jefe normaliza la presión permanente, cambia prioridades sin claridad o desatiende los problemas de su equipo, la organización arriesga experiencia, continuidad y talento. En el sondeo, 40% dijo haber renunciado por falta de bienestar emocional y otro 40% lo había considerado.
Son decisiones que pueden traducirse en rotación, nuevos procesos de contratación y pérdida de conocimiento acumulado y para una empresa que necesita sostener resultados, la calidad del liderazgo es parte de su capacidad de operación.
También hay una dimensión de política laboral: México discute cómo trabajar menos horas y mejorar la calidad del empleo, pero el cambio se ajusta sobre el papel. Si las mismas tareas se concentran en menos tiempo sin revisar cargas, procesos y formas de supervisión, la presión puede permanecer intacta; los mandos tienen un papel decisivo en esa transición para convertir las nuevas reglas en una experiencia laboral mejor, con objetivos claros y expectativas razonables.
La salud emocional no puede reducirse a una campaña interna o a una responsabilidad individual, exige que las organizaciones formen a sus líderes, evalúen cómo gestionan a sus equipos y actúen cuando el desgaste aparece. En el mercado laboral, dirigir bien significa obtener resultados sin consumir a las personas que los hacen posibles.
Netanyahu y el aislamiento de Israel
Fue una imagen que tuvo eco en los principales noticiarios del mundo. Decenas de delegados abandonando la sala de la Asamblea General de las Naciones Unidas cuando Benjamín Netanyahu comenzó su discurso. Una estampa más elocuente de buena parte de lo que se dijo desde la tribuna. El incidente refleja la creciente presión internacional sobre su gobierno por la guerra de Gaza, pero también recupera el viejo debate de hasta dónde puede separarse un gobierno de la población que representa.
Netanyahu no es Israel, como tampoco un gobierno representa necesariamente todas las posiciones de la sociedad a la que gobierna. En Israel hay ciudadanos que apoyan sus políticas, muchos que las cuestionan y otros más que han salido a las calles para exigir cambios. Por eso, la crítica internacional al gobierno de Netanyahu no debería convertirse en una condena colectiva contra israelíes y, mucho menos, contra los judíos. Es el gobierno el que tiene que responder por las decisiones que toma y por las consecuencias de estas.
Y ahí los asentamientos representan un fardo que resulta cada vez más difícil de ignorar. Mientras Netanyahu sostiene que Israel enfrenta amenazas de seguridad y que sus acciones deben entenderse a partir de los ataques sufridos por el país, su gobierno continúa impulsando la expansión de asentamientos en Cisjordania. Apenas la semana pasada se incorporaron 2 mil 167 viviendas a un proyecto en la zona E1, elevándolo a 3 mil 401 unidades.
El proyecto ha sido criticado porque puede dificultar la continuidad territorial de un Estado palestino, como plantea la visión de dos Estados respaldada por la Resolución 1397 del Consejo de Seguridad de la ONU. El ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, ha llegado más lejos al establecer como objetivo impedir la creación de ese Estado.
La discusión lleva inevitablemente a la historia. El vínculo del pueblo judío con esa tierra tiene raíces religiosas, culturales e históricas de miles de años. Por otra parte, la persecución sufrida por los judíos y el Holocausto rodean la creación del Estado de Israel y ayudan a entender por qué la seguridad del Estado judío tiene una importancia tan profunda para su población.
Pero una cosa es reconocer una relación histórica y otra convertirla en un derecho ilimitado sobre un territorio habitado también, durante decenas de generaciones, por otro pueblo. Si la antigüedad de una presencia fuera suficiente para resolver las disputas territoriales contemporáneas, difícilmente existiría una frontera en el mundo que no pudiera ser cuestionada. La historia explica las reivindicaciones; no necesariamente determina por sí sola los derechos políticos de quienes hoy habitan una región.
La Corte Internacional de Justicia llevó precisamente esa discusión al terreno del derecho. En su opinión consultiva de 2024, sostuvo que las políticas israelíes de asentamiento y anexión en el territorio palestino obstaculizan el derecho del pueblo palestino a la autodeterminación y ordenó el cese de nuevas actividades de asentamiento. Israel ha rechazado esas conclusiones y sostiene que sus necesidades de seguridad no pueden ser ignoradas.
Volviendo a la sala semivacía de las Naciones Unidas, nos encontramos con el reflejo del aislamiento internacional que enfrenta el gobierno de Netanyahu. La existencia y seguridad de Israel no tienen por qué estar en contradicción con los derechos de los palestinos; reconocer la historia judía no exige negar la historia palestina. Pero tampoco parece sostenible utilizar una tragedia histórica para justificar indefinidamente una realidad política que mantiene sometido a otro pueblo sin capacidad para decidir sobre su propio territorio.
La imagen de Netanyahu tratando de convencer a las butacas vacías tal vez debería movernos a la reflexión: no es el pueblo judío el que está aislado; es un gobierno el que se ha marginado como consecuencia de sus propias decisiones.
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