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La SEP a la deriva

por El Consejero
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La SEP a la deriva

Cuando Mario Delgado asumió la titularidad de la Secretaría de Educación Pública (SEP), las dudas sobre su perfil eran evidentes; sin embargo, se le concedió el beneficio de la duda apostando a su supuesta mayor virtud: la operación política.

Hoy, a la luz de los hechos, esa supuesta destreza no solo ha brillado por su ausencia, sino que ha mutado en una preocupante torpeza gubernamental que mantiene a la educación pública del país en un estado de parálisis y desconcierto.

Delgado ha demostrado una alarmante incapacidad para gestionar los conflictos de fondo, prefiriendo la política del bombero que apaga fuegos momentáneos sobre la del estadista que construye soluciones duraderas. El manejo de las negociaciones con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) es el vivo ejemplo de ello.

En lugar de establecer una ruta crítica, institucional y firme para atender las demandas magisteriales sin secuestrar el derecho a la educación de millones de niños, la SEP ha optado por el titubeo. Las mesas de diálogo se han convertido en un juego de desgaste donde la Coordinadora dobla la apuesta y la secretaría cede o calla, dejando una y otra vez a las aulas vacías como rehén político.

Pero el fuego no solo quema en el sector básico. El conflicto en el Instituto Politécnico Nacional (IPN) es otra herida abierta que evidencia la falta de brújula en la dependencia. La indolencia y la lentitud para procesar las demandas de la comunidad politécnica, que van desde la transparencia presupuestal hasta la mejora de infraestructura y seguridad, reflejan un desdén hacia la educación superior pública.

Al IPN no se le administra con comunicados tibios, ni con promesas de escritorio; se le atiende con sensibilidad y peso político, dos elementos que Delgado parece no tener en su portafolio. Añada a esto la toma del Canal Once, un acto de vandalismo que solo evidencia la falta de coordinación y de oficio de la Secretaría de Gobernación, de la Secretaría de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes, así como de la Fiscalía General de la República.

Por si fuera poco el descontento social con el magisterio y la academia, el secretario decidió trasladar su ineficacia directamente al ámbito doméstico de las familias mexicanas. La reciente y atropellada comunicación sobre el megapuente y la extensión desproporcionada del periodo vacacional para el sector básico no fue un beneficio; fue una muestra de profunda desconexión con la realidad del país.

Avisar con semejante ligereza y nula planeación sobre un “parón” de actividades escolares prolongado es ignorar olímpicamente las dinámicas de la clase trabajadora. Millones de padres y madres de familia se vieron arrastrados a un auténtico brete logístico y económico: ¿con quién dejar a los niños?, ¿cómo justificar ausencias laborales o costear cuidados imprevistos? Lo que para la burocracia de la SEP pareció una ocurrencia generosa en el calendario, para los hogares mexicanos se tradujo en caos, estrés y gastos extra.

La educación de un país no puede gestionarse bajo la lógica de la ocurrencia ni del contentillo político.

La SEP es una de las secretarías más complejas del Estado mexicano; requiere un timonel que entienda que cada decisión impacta la economía, la productividad y, sobre todo, el futuro de las infancias. Hasta ahora, la gestión de Mario Delgado se ha caracterizado por la tibieza ante los grupos de presión, el abandono a la educación superior y una torpeza comunicativa que castiga a las familias. Si el secretario no es capaz de entender que la educación es un derecho y no una plataforma de conciliación partidista, el costo lo pagará, como siempre, la educación pública de México.

La naturaleza en la balanza

Hace apenas unos años, una pregunta sobre la disponibilidad de agua habría sonado fuera de lugar en una reunión de inversionistas. Hoy esa pregunta puede determinar el destino de miles de millones de dólares.

Mientras el Día Mundial del Medio Ambiente suele estar acompañado de llamados a reciclar, sembrar árboles o reducir emisiones, la verdadera revolución ambiental está ocurriendo en otro lugar: en los mercados financieros. Cada vez más fondos de inversión, bancos, aseguradoras y grandes corporaciones analizan variables que antes parecían exclusivas de científicos y activistas. La disponibilidad de agua, la estabilidad energética, el riesgo de inundaciones o la vulnerabilidad de una región ante fenómenos extremos comienzan a influir en la asignación de capital.

Y no hablamos de una moda ni de un repentino mea culpa del sector financiero. Simple y llanamente se trata de dinero.

Cuando una sequía obliga a detener operaciones industriales, cuando una inundación paraliza un corredor logístico o cuando una región enfrenta problemas para abastecer de energía a nuevas empresas, las consecuencias aparecen de inmediato en los estados financieros. Lo que durante años fue considerado un asunto ambiental empieza a reflejarse en los costos, en las primas de seguros, en el acceso a financiamiento y, en última instancia, en la rentabilidad de proyectos.

La infraestructura ilustra bien este cambio. Antes bastaba con analizar el costo de una carretera, un puerto, un parque industrial o un desarrollo inmobiliario.

Hoy los inversionistas quieren saber si el proyecto cuenta con las condiciones para operar durante décadas: la sostenibilidad ya no depende únicamente de las tecnologías utilizadas o de las medidas de mitigación que se adopten durante la construcción, depende, sobre todo, de las decisiones tomadas desde la planeación. Un proyecto mal concebido difícilmente será resiliente por más recursos que se inviertan después en corregirlo.

Todo esto obliga a replantear la forma en que el país construye infraestructura. La transición energética, la digitalización de la economía y la creciente presión sobre recursos estratégicos exigirán redes eléctricas más robustas, sistemas de almacenamiento, infraestructura hídrica moderna y ciudades capaces de adaptarse a fenómenos climáticos cada vez más frecuentes.

No es casualidad que, en el marco del Día Mundial del Medio Ambiente, el Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM) haya insistido en la importancia de incorporar criterios de sostenibilidad desde las primeras etapas de planeación. Lo que está en juego no solamente es el impacto ambiental de las obras, sino su viabilidad económica a largo plazo.

Paradójicamente, durante décadas se asumió que el desarrollo consistía en transformar la naturaleza para generar riqueza. Hoy comenzamos a ver que la riqueza también depende de conservar las condiciones naturales que la hacen posible.

Es una realidad que el debate cambió de tono. Ya no gira solamente en torno a especies en peligro de extinción, áreas protegidas o compromisos internacionales. También involucra crecimiento económico, competitividad, infraestructura y atracción de inversiones. La naturaleza está dejando de ser vista como una externalidad para convertirse en un activo estratégico.

La sostenibilidad ya no es solamente una meta ambiental. Es una condición para el desarrollo. Sin infraestructura resiliente será difícil enfrentar los desafíos energéticos, hídricos y tecnológicos que están por venir. La naturaleza no está entrando a la balanza porque los mercados se hayan vuelto altruistas. Está entrando porque finalmente comenzaron a entender cuánto cuesta ignorarla.

AMLO y el juego de la gallina

Andrés Manuel López Obrador es un experto en lo que el Teoría de Juegos se conoce como el Juego de la Gallina, en el cual dos competidores se enfrentan, el primero en ceder pierde -un cobarde, o “gallina”-, porque si nadie cede, todos pierden. Su mayor éxito jugándolo fue el desafuero.

El comunicado de este miércoles no es solo un respaldo a Claudia Sheinbaum, es un llamado a cerrar de filas dentro de Morena, con la garantía de que se confirma que la presidenta jugará a lo mismo con Trump respecto a las acusaciones contra narcopolíticos, muy probablemente aconsejada por el tabasqueño: no se va a entregar a nadie por tratarse de un asunto injerencista, “político y electoral”.

El juego es muy arriesgado -de lo contrario no sería de la gallina-, pero se fundamentaría precisamente en el “Trump Always Chikens Out” (TACO) que se ha visto en aranceles y algunos conflictos internacionales. Sin embargo, hay dos grandes peros para que esto suceda.

Primero y el principal, que aquí no se ve riesgo alguno para Trump y sí lo mucho que puede perder México en la defensa de Morena. Segundo, que los anteriores pronunciamientos de AMLO respecto a Venezuela y Cuba han pasado sin respuesta para el magnate y su administración, por lo que no se esperaría cambio alguno en lo decidido por el presidente estadounidense.

Tercero, el comunicado de AMLO es imprudente, por decir lo menos, desde que sugiere que Trump está siendo influenciado y manipulado por asesores, y hasta el final, donde innecesariamente se da por emitido el texto en La Quinta La Chingada, contenido y formas que en nada ayudan.

Es curioso que el pronunciamiento sale un día después de que Andy López Beltrán publicó en Instagram foto con su padre, afirmando que es hijo “de quienes aman y lucharon por el pueblo”. La cercanía de tiempos da a pensar que la defensa no es solo del movimiento, sino de la familia y hasta personal.

Por si fuera poca la ayuda, el mismo día de la publicación de Andy, su medio hermano Jesús estaba presente en la inauguración en CDMX del exclusivo restaurante del chef turco, Nusret Gökçe.

“¿Quién pompó?”, habría que preguntar al que reside en la lejana quinta.

Que no te elimine el Mundial: el balance es la clave

La pasión que despierta el Mundial de Fútbol también tiene un impacto directo en los hábitos de consumo. En México, una parte importante del gasto de los aficionados se concentrará en lo que ya se conoce como la “canasta deportiva”, integrada por botanas, bebidas, reuniones con amigos, plataformas de streaming, boletos, transporte y recuerdos asociados al torneo.

Más allá de la emoción que genera cada partido, el evento suele convertirse en un detonador de compras impulsivas que, aunque parecen pequeñas de manera individual, pueden representar una presión considerable para las finanzas personales cuando se acumulan durante varias semanas.

El fenómeno no se limita al consumo tradicional. Los grandes eventos deportivos impulsan el gasto digital y fomentan el uso de crédito para financiar experiencias vinculadas al entretenimiento. Restaurantes, bares, supermercados y tiendas de conveniencia suelen registrar un incremento en la demanda, mientras que muchos consumidores recurren a tarjetas o financiamientos para cubrir gastos inmediatos.

El riesgo aparece cuando la emoción del momento desplaza la planeación financiera y se comprometen ingresos futuros para solventar consumos temporales. Disfrutar de una celebración global no debería convertirse en una fuente de estrés económico una vez que termina el torneo.

En este contexto, la educación financiera cobra especial relevancia. Como ha señalado Juan Manuel Ruiz Palmieri, CEO de Círculo de Crédito, la sociedad de información crediticia, los eventos de gran convocatoria también pueden ser una oportunidad para fortalecer hábitos responsables de consumo.

Revisar el historial crediticio, conocer la capacidad real de pago y establecer presupuestos claros son acciones que permiten disfrutar del espectáculo sin poner en riesgo la estabilidad financiera.

Al final, el verdadero triunfo no está únicamente en el resultado de la cancha, sino en la capacidad de mantener unas finanzas sanas antes, durante y después del silbatazo final.

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