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El T-MEC ¿Ritual o desgaste?

por El Consejero
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El T-MEC ¿Ritual o desgaste?

En el ecosistema del comercio internacional, pocos mecanismos han generado tantas expectativas, y, a la vez, tanta ansiedad operativa, como las revisiones periódicas del T-MEC.

Lo que inicialmente se concibió como una válvula de seguridad para adaptar el acuerdo a las realidades dinámicas de América del Norte, corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de desgaste permanente que, lejos de brindar estabilidad, alimenta un estado de incertidumbre crónica.

Cada año, el calendario comercial se tiñe de una tensión predecible. En las capitales de México, Estados Unidos y Canadá, el lenguaje de la “revisión” se convierte en un arma de doble filo. Si bien es imperativo ajustar las reglas de origen, abordar las disputas laborales o integrar las nuevas tecnologías de la transición energética, la frecuencia y la naturaleza política de estas negociaciones han transformado el acuerdo en un objetivo móvil.

El problema central no es el diálogo, sino la instrumentalización del acuerdo. A menudo, las mesas de negociación no reflejan una visión estratégica de integración regional, sino las urgencias electorales del socio más poderoso.

Cuando el T-MEC se utiliza como moneda de cambio para atender temas migratorios, de seguridad o de política interna, se pierde de vista el propósito fundamental del tratado: la certidumbre jurídica para las inversiones y la competitividad del bloque.

Las empresas, motor real de esta integración, se enfrentan a un fenómeno de “fatiga de cumplimiento”. Adaptar cadenas de suministro a estándares que cambian, o que se ven amenazados con cambiar, cada doce meses no es una forma eficiente de hacer negocios. La competitividad no se construye sobre la base de la sorpresa normativa, sino sobre la previsibilidad del horizonte a largo plazo.

Es urgente transitar hacia un esquema de revisiones que despolitice las tensiones técnicas. Necesitamos un mecanismo donde los paneles de solución de controversias no sean vistos como una derrota diplomática, sino como una herramienta de arbitraje madura y rutinaria.

El T-MEC no debe ser un campo de batalla anual donde se pone a prueba la soberanía de los países, sino la infraestructura sobre la cual se cimienta el bienestar económico de más de 500 millones de personas.

Al llegar a una nueva etapa de revisión, los tomadores de decisiones deben recordar que el éxito del acuerdo no se mide por quién “gana” más concesiones en el corto plazo, sino por la solidez y la previsibilidad que seamos capaces de garantizar a quienes operan bajo su paraguas.

De lo contrario, seguiremos confundiendo el movimiento frenético con el avance real, mientras la verdadera oportunidad de consolidar a América del Norte como la región más competitiva del mundo se nos escapa entre las grietas de la política cotidiana.

El autocuidado de las multitudes

Cuatro personas fallecidas fue el saldo de los festejos en los alrededores de Paseo de la Reforma y el Ángel de la Independencia tras el triunfo de la selección mexicana sobre la de Ecuador. Tres de los fallecidos asfixiados por aplastamiento, el otro a raíz de una convulsión epiléptica.

El miércoles de la semana pasada, durante las celebraciones por el triunfo sobre la selección checa en las calles de Los Cabos, Baja California Sur, un conductor atropelló a una multitud, dejando 17 lesionados. El conductor falleció una semana después resultado de los golpes recibidos por los aficionados enardecidos. Los videos muestran algunos cientos de personas rodeando el auto antes de que éste embistiera y chocara más adelante, justo antes de donde la calle se liberaba.

Hay numerosos ejemplos a nivel mundial de incidentes mortales o actos de vandalismo resultado de concentraciones humanas por espectáculos, festejos religiosos o de triunfos de equipos deportivos.

De estos últimos, en ciudades de otros países son más frecuentes los disturbios – los “riots” estadounidenses-, que derivan en saqueos, incendios y actos de vandalismo; o están también las estampidas en estadios y conciertos.

Es precisamente este tipo de eventos y festejos deportivos y entretenimiento donde los riesgos se incrementan: consumo de alcohol, euforia, desorden, personas de diferentes edades, acumulación de basura, espacios no planeados para masas.

La policía capitalina, que tan bien había actuado ante las movilizaciones de la CNTE, y que incluso el acceso al Fanfest del Zócalo lo han tenido bien controlado, se vio totalmente rebasada por el número de personas ­-un millón 100 mil, de acuerdo al gobierno de la CDMX-, la lluvia, la acumulación de basura y el nulo control al acceso a Paseo de la Reforma y el Ángel.

Claro ejemplo de esto último es que los tres casos de asfixia ocurrieron en las calles de Lancaster y Berna, dos vialidades pequeñas y estrechas que desembocan a la glorieta.

La jefa de Gobierno, Clara Brugada, quien apenas antes de que iniciara el Mundial exhortaba a salir a las calles a celebrar, ahora pidió a la gente que se cuide colectivamente, dijo que se van a reforzar los protocolos de protección civil, salud y seguridad, pero que no se van a prohibir los festejos.

La presidenta Claudia Sheinbaum anunció que se instalarán más pantallas en espacios públicos, cuando el problema no es dónde verlos, es lo que pasa después de los partidos.

Nadie habla de prohibir los festejos, lo que no ha habido es control alguno sobre el consumo de alcohol en la vía pública, personas en estado de ebriedad, nada que encauce el arribo de una multitud heterogénea para evitar embudos o lugares de riesgo para las aglomeraciones; ni siquiera un llamado de las autoridades a no arrojar basura ni hacer necesidades fisiológicas en la vía pública.

De los riesgos estaban advertidas las autoridades con fecha y hora, porque se sabía de cuándo eran los partidos y se tuvieron los antecedentes desde el juego inaugural.

El próximo domingo todos esperamos celebrar un triunfo. Ojalá predomine la sensatez en la gente, y que las autoridades tomen las medidas preventivas y reactivas necesarias, desde el control de los fanáticos, hasta el cuidado de los policías. Porque apelar al cuidado colectivo de las masas y solaparle abusos y excesos, es como pedirle a un niño de tres años que camine con cuidado al borde del desfiladero.

El conflicto de interés a subasta

Es una regla no escrita, casi de sentido común: quien llega al poder debe evitar cualquier situación que permita sospechar que sus decisiones públicas favorecen sus intereses privados. La confianza ciudadana no depende únicamente de la legalidad; también descansa en la imparcialidad.

Hoy esa frontera parece estar desdibujándose.

La más reciente declaración financiera del presidente Donald Trump reveló ingresos superiores a los 2 mil millones de dólares durante 2025, provenientes principalmente de negocios relacionados con criptomonedas, licencias comerciales, inversiones y otros activos. Paralelamente, Forbes estima que su patrimonio ronda actualmente los 6 mil 500 millones de dólares, alrededor de mil 400 millones más que hace un año. Son cifras extraordinarias para cualquier empresario, aún más si este es el presidente de la principal potencia en el mundo.

Por una parte, Donald Trump tiene derecho a ser rico y por otra no podemos afirmar, sin una resolución judicial, que ese incremento patrimonial sea producto de conductas ilícitas. Sin embargo, la pregunta que se abre es otra: ¿qué ocurre cuando el gobernante de un país puede aumentar de manera significativa su fortuna mientras adopta decisiones que influyen sobre los mercados, sectores económicos y regulaciones?

Y no se trata de un fenómeno exclusivamente estadounidense.

Silvio Berlusconi gobernó Italia mientras conservaba un vasto imperio empresarial y mediático, convirtiendo el conflicto de interés en un debate permanente. Sebastián Piñera, en Chile, enfrentó cuestionamientos por sus inversiones privadas y por las revelaciones de los Papeles de Pandora, aunque las investigaciones penales relacionadas con ese episodio terminaron sin condena.

Andrej Babis, en la República Checa, fue objeto de investigaciones nacionales y observaciones de la Comisión Europea por la relación entre sus empresas y el ejercicio del poder. Son casos diferentes. Todos, sin embargo, con un denominador común: ¿hasta dónde puede llegar la riqueza privada de quien administra el interés público.

Adiós a aquella imagen de la corrupción como un maletín lleno de dinero o una cuenta secreta en un paraíso fiscal. El siglo XXI ha sofisticado los riesgos. Hoy el valor económico puede surgir del prestigio del cargo, del fortalecimiento de una marca comercial, de inversiones favorecidas por expectativas regulatorias, de negocios internacionales o de activos cuyo precio depende, en buena medida, de las decisiones del propio gobierno. Y no siempre existe un delito.

Tal vez lo más inquietante no sean las cifras, sino las consecuencias.

Berlusconi enfrentó numerosos procesos judiciales. Piñera soportó investigaciones políticas y penales que finalmente no derivaron en condenas. Babis continúa siendo objeto de controversias institucionales.

En Estados Unidos Trump enfrenta múltiples cuestionamientos éticos y diversas investigaciones, pero la Constitución federal lo exime de algunas reglas de conflicto de interés que sí alcanzan a otros funcionarios del poder ejecutivo. El resultado es una sensación creciente de que los beneficios económicos pueden ser inmensos, mientras los costos políticos o jurídicos resultan inciertos, diferidos e incluso inexistentes.

Ese desequilibrio da lugar a un incentivo peligroso. Si el potencial beneficio se mide en miles de millones de dólares y las consecuencias se limitan, en muchos casos, a años de litigios, investigaciones inconclusas o desgaste mediático, el problema deja de ser exclusivamente jurídico para convertirse en una falla estructural.

Por eso el verdadero costo de un conflicto de interés no se refleja necesariamente en una declaración patrimonial ni en un balance bancario. Se muestra en la convicción de que quienes ejercen el poder toman decisiones pensando primero en el interés público y no en el valor de sus propios activos.

La pregunta ya no es entonces cuánto dinero puede ganar quien ocupa un cargo, sino cuánto está dispuesto a perder una democracia para aceptar que ambos casos ocurren de manera simultánea.

El currículum también juega en la final

En el futbol, ningún equipo llega lejos solo con una estrella, se necesita estrategia, equilibrio y que cada jugador cumpla su función en el momento preciso. E

n el mercado laboral ocurre exactamente lo mismo, porque hoy, el currículum dejó de ser un simple documento para convertirse en la primera prueba de desempeño profesional, es decir, es la carta de presentación que debe convencer tanto al algoritmo como al reclutador de que mereces seguir en la competencia.

La transformación digital ha cambiado las reglas del juego y la inteligencia artificial, los sistemas de seguimiento de candidatos (ATS) y los procesos de selección cada vez más ágiles obligan a replantear la forma en que se construye un CV.

Ya no basta con enlistar empleos o responsabilidades; lo que realmente genera valor es demostrar resultados, cuantificar logros, incorporar las competencias más demandadas y hablar el mismo lenguaje que utilizan las empresas al publicar sus vacantes. En otras palabras, el currículum también necesita jugar con táctica y estrategia.

En este contexto, la analogía futbolera de Computrabajo, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, resulta especialmente pertinente. Los datos de contacto son el portero que garantiza la comunicación; la experiencia y los logros representan la defensa y el mediocampo que sostienen la trayectoria profesional; las habilidades técnicas y blandas aportan creatividad y equilibrio; mientras que las palabras clave y un formato impecable son ese delantero que define la jugada frente al marco. Si una de estas piezas falla, las probabilidades de avanzar disminuyen considerablemente.

La empleabilidad ya no depende únicamente del talento, sino también de la capacidad para comunicarlo de manera estratégica. En medio de una competencia por talento que cada vez es más intensa, preparar un buen currículum equivale a entrenar antes de la gran final.

La experiencia sigue siendo importante, pero hoy también cuentan la claridad y la capacidad de destacar desde el primer minuto, porque al final, los mejores candidatos no siempre son los que tienen el historial más extenso, sino aquellos que saben demostrar, desde el primer minuto de juego, por qué son la mejor contratación para el equipo.

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