Hablar de impuestos en México suele generar una reacción casi automática: molestia, desconfianza o rechazo. Para muchos, el tema fiscal se percibe como una amenaza constante, algo que hay que esquivar o minimizar a toda costa. Sin embargo, desde mi experiencia en el sector financiero, he llegado a una conclusión clara: el verdadero problema no es pagar impuestos, sino no entenderlos.
Durante años, el debate fiscal se ha contaminado de posiciones extremas. Por un lado, se presenta como una carga excesiva que ahoga la actividad económica; por el otro, como una obligación incuestionable que no admite discusión. En medio de ese ruido, se pierde de vista algo esencial: los impuestos son una herramienta económica. Y como cualquier herramienta, pueden usarse bien o mal.
El miedo fiscal en México no surge únicamente del monto que se paga, sino de la desinformación. Muchos contribuyentes desconocen cómo funciona el sistema, qué obligaciones tienen realmente, qué derechos les asisten y cómo planear fiscalmente sin caer en prácticas indebidas. Esa falta de claridad genera ansiedad, decisiones defensivas y, en muchos casos, errores costosos.
En los últimos años, este fenómeno se ha intensificado con la fiscalización digital. La tecnología permitió a las autoridades tener mayor visibilidad de las operaciones económicas, lo que ha elevado la percepción de vigilancia. Pero conviene decirlo con claridad: la digitalización fiscal no es sinónimo de persecución; es un cambio en las reglas del juego que exige mayor orden y planeación.
Desde una perspectiva económica, un sistema fiscal no debería verse solo como un mecanismo de recaudación, sino como un elemento de certidumbre. Cuando las reglas son claras y se entienden, las empresas pueden planear, invertir y crecer. El problema aparece cuando la complejidad sustituye a la claridad y el miedo reemplaza al conocimiento.
He visto a muchos empresarios y profesionistas tomar decisiones equivocadas por temor a los impuestos: retrasar inversiones, operar en la informalidad parcial o evitar el crecimiento para “no llamar la atención”. Esa lógica es comprensible, pero profundamente dañina. No solo limita el desarrollo individual, sino que debilita al conjunto de la economía.
El pago de impuestos, bien entendido, no es un castigo por generar ingresos. Es parte del contrato económico que permite financiar infraestructura, servicios y estabilidad institucional. Por supuesto, ese contrato debe ser evaluado, mejorado y exigido con responsabilidad. Pero evadirlo por desconocimiento no fortalece a nadie.
La planeación fiscal responsable no tiene nada que ver con evasión. Tiene que ver con entender el marco legal, aprovechar incentivos existentes, cumplir correctamente y anticipar escenarios. Esa planeación debería ser una práctica básica, no una excepción reservada para grandes corporativos.
También es importante reconocer que la carga fiscal no es homogénea. No afecta igual a todos los sectores ni a todos los tamaños de empresa. Por eso, generalizar el discurso del “exceso” sin análisis técnico suele conducir a conclusiones erróneas. El verdadero reto está en cómo se administra, cómo se explica y cómo se integra al ciclo económico.
En 2026, con ajustes económicos, revisión de esquemas y mayor escrutinio, entender los impuestos se vuelve una ventaja competitiva. Quien comprende el sistema toma mejores decisiones, reduce riesgos y gana previsibilidad. Quien no, opera desde el miedo y la reacción.
No nos tienen que espantar los impuestos. Lo que debería preocuparnos es seguir tomando decisiones financieras sin información clara. El miedo fiscal no se combate con discursos ni con atajos, sino con educación, asesoría adecuada y una lectura realista del sistema.
Entender los impuestos no elimina la obligación de pagarlos, pero sí transforma la manera en que se enfrentan. Y en economía, la diferencia entre reaccionar y planear suele marcar la frontera entre el estancamiento y el crecimiento.