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El “Mayo” otra vez julio

por El Consejero
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El “Mayo” otra vez julio

El pasado 3 de julio, el FBI anunció la donación de la aeronave en la que fue trasladado Ismael Zambada García, el “Mayo”, de Sinaloa a Nuevo México en julio de 2024, al War Eagles Air Museum de Santa Teresa, Nuevo México.

El Buró dio a conocer detalles técnicos del avión, el cual voló de manera furtiva (número de serie falso, geolocalización apagada, entre otros), así como fotos de la detención del capo al llegar a territorio estadounidense. La noticia reavivó las especulaciones sobre la participación del FBI en la privación de la libertad del “Mayo” Zambada.

Con relación al tema, en sus conferencias mañaneras de lunes y martes, la presidenta Claudia Sheinbaum ha cuestionado si el gobierno estadounidense ha realizado acuerdos con la delincuencia organizada, específicamente con los Chapitos, con quienes habría negociado beneficios a cambio de la entrega del “Mayo” -cambio de medida cautelar de Ovidio, ingreso de sus familiares a EEUU-, así como supuestas contradicciones entre lo dicho por el entonces embajador Ken Salazar, quien habría negado la participación de autoridades de su país, y el anuncio del FBI sobre el avión como parte del operativo contra Zambada.

Es público que en Estados Unidos el sistema penal permite los acuerdos con delincuentes para reducción de penas o incluirlos en programas de testigos protegidos, a cambio de información. Ejemplos hay muchos, basta recordar el caso de Genaro García Luna, tan elogiado por López Obrador, estuvo basado fundamentalmente en testimonios de delincuentes que negociaron con autoridades.

Aunque el gobierno estadounidense no lo reconozca públicamente, no sería ninguna novedad que hayan acordado algo con Joaquín Guzmán López y su hermano Ovidio a cambio de la entrega de un objetivo mayor.

A pesar de lo que pueda ser evidente, lo cierto es que el gobierno de México no cuenta con pruebas de la participación del FBI en el operativo en el que fue llevado Zambada García a Estados Unidos. Ni siquiera el anuncio de la donación de la aeronave es evidencia, puesto que se trata de un avión asegurado, y el FBI fue cuidadoso en los términos al presentarlo como parte de un ejemplo del combate al crimen, pero sin reconocer su participación directa mas que en la detención en suelo estadounidense.

Más allá de algo de lo que no se tienen pruebas, pero tampoco dudas, como lo son los acuerdos legales con narcotraficantes, la participación o hasta autoría de las autoridades estadounidenses en el operativo para capturar al “Mayo”, los cuestionamientos del gobierno mexicano son buenos, pero no suficientes para responder, ni anteponerse, a los surgidos por la acusación penal contra Rubén Rocha y los funcionarios y políticos sinaloenses, o los que puedan venir contra otros funcionarios y políticos mexicanos.

No es igual un marco legal para acuerdos en procesos penales, e incluso la logística de un operativo extraterritorial, que la complicidad entre autoridades y criminales. Ni siquiera es igual la relación del gobernador Rocha Moya con los Chapitos, con todo y la muerte no esclarecida, pero sí relacionada de Héctor Melesio Cuén, en la captura del “Mayo” Zambada.

Por cierto, este lunes, la defensa de Ismael Zambada García presentó un escrito ante el tribunal que lleva el caso, en el que acepta la condena de cadena perpetua a cambio de no ser enviado a una cárcel de máxima seguridad y se cuide su salud. Ese es el mayor acuerdo en Estados Unidos al que puede aspirar el mayor líder del Cártel de Sinaloa.

El omnipresente Donald Trump

Resulta inverosímil desde cualquier punto por donde quiera mirársele. El jefe de Estado de la nación más poderosa del mundo llamando telefónicamente a Gianni Infantino, el presidente de una ya de por sí desacreditada FIFA, para pedirle que levante una sanción contra uno de los jugadores de su representativo.

Más sorprendente aún fue que la sanción terminara siendo levantada tras la intervención presidencial. Aunque la FIFA invocó una facultad reglamentaria, la percepción de que una llamada desde la Casa Blanca alteró el curso de la decisión disciplinaria resulta, por decir lo menos, preocupante.

Este episodio trasciende con mucho el terreno deportivo. Lo verdaderamente relevante no es si Folarin Balogun debía o no disputar el siguiente partido, sino la naturalidad con la que Donald Trump consideró legítimo intervenir en una decisión que corresponde exclusivamente a las autoridades de una competencia internacional.

No es un hecho aislado. Desde su retorno a la Casa Blanca, Trump ha hecho del protagonismo su forma de gobierno. Opina sobre la política monetaria y presiona a la Reserva Federal; condiciona decisiones de empresas privadas mediante amenazas arancelarias. Influye en mercados financieros con una declaración; interviene en conflictos internacionales incluso antes de que hablen los diplomáticos; confronta universidades, medios de comunicación y organismos internacionales. Y sigue sumando. Ahora también interfiere en una decisión disciplinaria de la Copa del Mundo.

Ese estilo de liderazgo nos lleva a preguntarnos si existen todavía espacios que permanezcan al margen del poder político. Las sociedades modernas construyeron instituciones autónomas precisamente porque comprendieron que no todo debería depender de la voluntad del gobernante en turno. La legitimidad de una competencia descansa en la certeza de que las reglas son las mismas para todos y de que las sanciones las determina el reglamento, no la influencia de quien ocupa un cargo público.

Quizá nunca pueda demostrarse que una llamada cambió el sentido de una resolución. Ni siquiera ese es el punto. En materia institucional, la percepción importa tanto como la realidad. Si millones de personas creen que el presidente del país anfitrión puede influir en las decisiones de la FIFA, el daño está hecho. La confianza comienza a erosionarse porque aparece una duda que jamás debió existir.

Lo ocurrido durante este Mundial también refleja una característica distintiva de nuestro tiempo. Durante buena parte del siglo XX se debatió cuánto debía intervenir el Estado en la economía. Hoy la discusión va más allá: cuánto protagonismo debe asumir un líder político en todos los ámbitos de la vida pública. Las redes sociales, los ciclos informativos y la política convertida en espectáculo incentivan a los gobiernos a ocupar cada conversación relevante. El éxito ya no parece medirse por los resultados de gobierno, sino por la capacidad de controlar la narrativa.

No se trata de negar que un presidente tenga derecho a apoyar a su selección nacional. Cualquier ciudadano puede hacerlo. Lo preocupante comienza cuando la investidura presidencial deja de ser un símbolo de representación para convertirse en un mecanismo de presión. En ese momento ya no habla un aficionado; habla el jefe de Estado de la mayor potencia del mundo. Esa diferencia modifica inevitablemente el significado de cualquier intervención.

Dentro de algunos años pocos recordarán si Folarin Balogun disputó aquel partido del Mundial. Lo que quedará en la memoria es el día que el poder político se impuso en una gesta deportiva. Las democracias no solo necesitan gobiernos fuertes, sino instituciones capaces de decirles “hasta aquí”. Cuando un presidente deja de reconocer esos límites, el problema ya no es el protagonismo de un hombre. Es el debilitamiento de todas las instituciones que existen precisamente para que ningún poder, por grande que sea, pueda estar en todas partes.

El reclutamiento también comunica quiénes somos

Durante mucho tiempo, las empresas entendieron el reclutamiento como un proceso para evaluar candidatos, pero esa lógica ha cambiado. Hoy, cada entrevista, cada correo y cada silencio también son evaluados por quienes buscan una oportunidad laboral, porque la experiencia del candidato se ha convertido en un reflejo de la cultura organizacional y de la forma en que una empresa se relaciona con las personas.

El Termómetro Laboral de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, muestra que la falta de seguimiento sigue siendo uno de los principales factores que llevan a los candidatos a desistir de un proceso de selección. Más allá del dato, este hallazgo invita a reflexionar sobre un aspecto que pasa desapercibido: el talento no solo decide dónde quiere trabajar por el salario o las prestaciones, también lo hace a partir de la experiencia que vive desde el primer contacto con una organización.

En un mercado laboral donde atraer perfiles especializados representa un desafío para las empresas, la comunicación se convierte en una herramienta estratégica. Informar sobre los siguientes pasos, establecer tiempos claros y mantener el contacto durante el proceso no requiere grandes inversiones, pero sí genera confianza, fortalece la marca empleadora y transmite respeto por el tiempo y las expectativas de las personas.

Las organizaciones que entiendan que el reclutamiento también es una oportunidad para construir reputación estarán mejor preparadas para atraer talento en el futuro. Porque, al final, no todas las personas contratadas recordarán cómo fue su proceso de selección, pero prácticamente todas recordarán cómo las hizo sentir la empresa antes, durante y después de participar en él.

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