No, no es septiembre, aunque haya existido la coincidencia de mes y día en los terremotos de 1985 y 2017, algo muy poco probable, pero posible.
De acuerdo a una estadística de sismos con magnitudes mayores a 7 grados en México, y el mes con mayor frecuencia es precisamente junio. Lo anterior lo dio a conocer Darío Rivera Vargas, coordinador Adjunto del Comité de Seguridad Estructural del Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM).
El también vicepresidente de la Sociedad Mexicana de Ingeniería Estructural (SMIE) echó abajo varios mitos e información errónea que circula sobre los sismos: no, no se pueden predecir, aunque hay estudios en ese sentido; no es la magnitud la que refleja el poder destructivo de un terremoto, sino el nivel de intensidad de la aceleración, la cual tarda más en calcularse; lo que sucede es que la magnitud Richter es más inmediata, se trata de una escala empírica y simple, y que incluso puede variar porque la información va fluyendo, con lo que llega de diferentes estaciones sismológicas.
Darío Rivera explicó que la inspección ocular no es suficiente para un dictamen estructural, es solo una primera fase para identificar de manera preliminar el nivel de daños en el edificio, cuando hay duda de si el daño es moderado o severo, se pasa a una segunda fase, con una evaluación más rigurosa acorde al reglamento, con expertos certificados para determinar el daño y, en su caso, para trabajos de rehabilitación.
El mayor porcentaje de daños en los sismos se da en las viviendas, y una de las principales razones es por la autoconstrucción, refirió el experto, por lo que sugirió políticas públicas que orienten a las personas a la buena edificación y evitar construcciones vulnerables.
Asimismo, el experto señaló que hay edificios públicos y de uso comercial en los cuales varios factores han llevado a su falla y colapso, entre ellos el diseño deficiente, no se realizan las revisiones conforme a los reglamentos, ni trabajos de mantenimiento, refuerzo o rehabilitación, que permita prever riesgos ante futuros terremotos.
De acuerdo al Centro Nacional de Prevención de Desastres (CENAPRED), el 50 por ciento del territorio nacional, entre estados y municipios, no cuentan con reglamentos de construcción, y de los que sí lo tienen, más del 50 por ciento está desactualizado. Y cabe decir que, de los que cuentan con ellos, habrá que ver cuántos son comprensibles para quienes se dedican a la construcción y para las autoridades que deben supervisar.
Alianza bajo presión
Históricamente Estados Unidos e Israel habían sido aliados sólidos que hablaban con una misma voz, dispuestos incluso a enfrentar diplomáticamente al resto de los países del orbe, por es razón suena extraño que en las últimas semanas se hayan presentado algunos desencuentros que reflejan una realidad más compleja.
Tras el intercambio de ataques entre Irán e Israel, la administración de Donald Trump hizo llamados públicos a la moderación y, según a diversos reportes, buscó evitar una escalada militar. Tel Aviv respondió a los ataques iraníes con una violenta ofensiva dentro del territorio de la República Islámica. No se visibiliza una ruptura entre aliados, pero si una clara diferencia en la manera de gestionar el conflicto.
Para Israel, la amenaza no es una hipótesis académica ni una preocupación lejana. Durante años ha observado el fortalecimiento de grupos armados respaldados por Teherán en distintos puntos de la región, así como el desarrollo de las capacidades militares que representan una amenaza a su existencia. Desde esa perspectiva, responder con firmeza forma parte de una estrategia de disuasión.
Estados Unidos enfrenta un cálculo distinto. Después de décadas se guerras costosas en Medio Oriente, una parte importante del establishment político norteamericano –incluyendo sectores del propio Partido Republicano– observa con cautela cualquier escenario que pueda arrastrar nuevamente a Washington a un conflicto regional de gran escala. La prioridad parece ser evitar una guerra más amplia, incluso si eso implica contener a algunos de sus aliados.
La diferencia es importante porque refleja una transformación más profunda. El mundo que surgió después de la Guerra Fría estuvo marcado por alianzas relativamente estables y liderazgos claros. El mundo que parece estar emergiendo funciona de otra manera. Se mantienen las alianzas, pero cada vez actúan con mayor autonomía. Turquía dentro de la OTAN, India frente a occidente, Arabia Saudita en el Golfo e incluso Israel comienzan a tomar decisiones guiadas principalmente por sus propios intereses estratégicos, aún cuando estos no coincidan plenamente con los de Washington.
Quizá la noticia más relevante de estos días no sea el lanzamiento de misiles ni los comunicados diplomáticos. Tal vez sea la confirmación de que las alianzas del siglo XXI ya no garantizan alineamientos automáticos, en el que las grandes potencias fijan las condiciones. En un mundo fragmentado y multipolar, incluso los socios más cercanos pueden coincidir en los objetivos y discrepar en el camino para alcanzarlos.
Flexibilidad laboral: la oportunidad que el Mundial da a las empresas
Cada cuatro años, el Mundial de Futbol pone a prueba algo más que la pasión deportiva de millones de personas; también exhibe la capacidad de adaptación de gobiernos, empresas y organizaciones ante un fenómeno social que trasciende la cancha.
En México, donde el torneo vuelve a jugarse en casa después de más de tres décadas, la conversación ya no gira solo en torno a la derrama económica, el turismo o la infraestructura, también abre una pregunta relevante para el mercado laboral: ¿qué tan preparadas están las empresas para entender que la productividad y el compromiso no siempre dependen de la rigidez de los horarios?
Lo que refleja la última encuesta de OCC, la bolsa de trabajo en línea líder en México, es una transformación en las expectativas de los trabajadores mexicanos. La posibilidad de hacer una pausa para ver un partido, seguir una transmisión desde un espacio habilitado en la oficina o aprovechar esquemas remotos es percibida por muchos como una señal de confianza y cercanía por parte de sus empleadores. En una época en la que atraer y retener talento se ha convertido en uno de los principales desafíos para las organizaciones, estos gestos pueden tener un valor mucho mayor que el de una simple concesión temporal.
Los grandes eventos internacionales suelen dejar aprendizajes que permanecen mucho después del silbatazo final. Así ocurrió con la aceleración del trabajo remoto tras la pandemia y así puede suceder con nuevas formas de flexibilidad laboral. El Mundial representa una oportunidad para que las empresas experimenten modelos más humanos y orientados a resultados, entendiendo que la experiencia del colaborador forma parte de la competitividad del negocio. Cuando una organización reconoce los intereses de su gente y encuentra mecanismos para integrarlos a la dinámica laboral, fortalece el sentido de pertenencia, mejora el clima organizacional y genera una conexión más auténtica con su equipo.
El Mundial 2026 llega en un momento complejo para el mercado laboral mexicano, marcado por la cautela económica y una creciente competencia por el talento especializado. En este contexto, las empresas que entiendan la flexibilidad como una herramienta estratégica —y no como una amenaza a la productividad— podrían obtener ventajas importantes. Al final, los trabajadores olvidarán el marcador de los partidos, pero difícilmente olvidarán cómo los hizo sentir la organización para la que trabajaban cuando el país entero estaba pendiente del evento. Y en el nuevo mundo laboral, la memoria emocional de los colaboradores vale tanto como cualquier indicador de desempeño.
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