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Donald Trump inicia una visita crucial a China en medio de uno de los momentos más tensos para la economía global en años. Ahí comenzará a delinearse buena parte del reordenamiento económico y político de los próximos años: comercio, inteligencia artificial, semiconductores, energía, Taiwán y cadenas de suministro. Aunque México no estará sentado en la mesa de negociación, buena parte de lo que ahí ocurra terminará impactando directamente a la economía de nuestro país.
El viaje ocurre en un momento particularmente complejo. La guerra con Irán elevó la presión sobre los mercados energéticos y puso en una encrucijada la estabilidad global. Washington necesita evitar una escalada mayor en Medio Oriente y, al mismo tiempo, mantener bajo control su rivalidad con Beijing. China tampoco está interesada en un conflicto prolongado: su economía representa cerca del 18% del PIB mundial y sigue dependiendo fuertemente de exportaciones, manufactura y estabilidad energética.
Pero el verdadero trasfondo de la gira es económico. Estados Unidos y China concentran juntos alrededor del 43% del PIB global. El comercio bilateral entre ambos todavía supera los 575 mil millones de dólares, incluso después de años de guerra comercial y restricciones mutuas. El déficit comercial estadounidense con China ronda los 250 mil millones de dólares, una cifra que Trump ha utilizado políticamente desde hace años para justificar aranceles y medidas proteccionistas.
La competencia ya dejó de ser solamente comercial. Hoy lo que está en disputa es quién dominará las industrias estratégicas del futuro. China produce cerca del 30% de toda la manufactura global, más que Estados Unidos, Japón y Alemania combinados. Además, controla buena parte del procesamiento global de tierras raras y minerales críticos para baterías, paneles solares y vehículos eléctricos. En semiconductores, inteligencia artificial y tecnologías militares avanzadas, Washington intenta frenar el avance chino mediante restricciones de exportación y controles tecnológicos cada vez más agresivos.
Resulta revelador quién acompaña a Trump durante la gira. Además de funcionarios del área económica y de seguridad nacional, la delegación incluye directivos de algunas de las empresas más influyentes de Estados Unidos en sectores tecnológicos, financieros e industriales.
El mensaje es rotundo: aun en medio de la confrontación política, las dos mayores economías del mundo siguen demasiado entrelazadas para desconectarse por completo. Las grandes corporaciones estadounidenses siguen viendo a China como un mercado indispensable y una pieza central de las cadenas globales de suministro.
Ahí es justo en donde México entra al juego. Cada vez que Washington endurece restricciones hacia China, aumenta la presión para mover buena parte de la manufactura hacia Norteamérica. México es el principal socio comercial de Estados Unidos con un intercambio superior a los 840 mil millones de dólares anuales. Más del 80% de las exportaciones mexicanas dependen del mercado estadounidense, mientras que sectores como el automotriz ya representan alrededor del 4% del PIB nacional.
Trump mantiene una visión profundamente proteccionista; si considera que productos chinos están entrando al mercado estadounidense utilizando territorio mexicano como plataforma de exportación, podrían aumentar las presiones comerciales, las revisiones aduanales y las exigencias dentro del T-MEC. El tema se vuelve todavía más sensible en industrias como la de los autos eléctricos, baterías y componentes tecnológicos, donde la inversión china en México ha crecido rápidamente en los últimos años.
La gira confirma que la economía mundial avanza hacia una etapa de bloques económicos y rivalidades estratégicas mucho más agresivas.
México puede beneficiarse captando inversión y consolidándose como centro manufacturero regional. Pero también dependerá cada vez más de decisiones tomadas en Washington y Beijing. Eso significa que incluso una reunión al otro lado del planeta puede influir directamente en empleos, exportaciones y crecimiento económico dentro del país.
Las preocupaciones de Mario Delgado
No será inmediato, porque sería aceptar el error, pero si en unos tres meses nos enteramos de la salida de Mario Delgado Carrillo del gabinete sabremos de quién fue la genial idea de adelantar las vacaciones de verano un mes. Por el contrario, si él solo fue el ejecutor y la autora intelectual fue otra -visto bueno incluido-, Delgado continuará en la SEP por haberse tragado ese sapo como los grandes políticos mexicanos.
Porque luego de una nueva reunión, los titulares de educación pública de las entidades y el de la federación, recularon y decidieron dejar el calendario escolar tal y como está, concluyendo en 15 de julio. No solo eso. A pesar del ridículo hecho, Mario Delgado demostró que todavía se puede hundir más y subió un mensaje en redes sociales donde dice que después del 15 de junio todo el sistema educativo entra en tiempo muerto, para descarga administrativa, “sin propósito pedagógico”, volviéndose la escuela una “estancia forzada”, “tiempo robado a la convivencia familiar y a la salud de la niñez”. Delgado no solo se olvidó de sus pretextos del Mundial y las altas temperaturas, también de que es el secretario de Educación Pública, por lo que podría hacer algo para corregir lo que critica.
Delgado nunca dijo que el verdadero motivo para adelantar las vacaciones y que sigue siendo el problema, son los bloqueos y manifestaciones que amenazan hacer los integrantes de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) contra el Mundial en la Ciudad de México, y que seguramente harán que la policía capitalina y la Guardia Nacional tengan que hacer su trabajo sin que Claudia Sheinbaum y Clara Brugada queden como represoras.
Volvamos a Mario Delgado. Como varios políticos y funcionarios, Delgado comenzó su carrera bajo el cobijo de Marcelo Ebrard, desde que éste era secretario de Seguridad Pública del DF cuando López Obrador era jefe de Gobierno, y luego secretario de Finanzas en la administración capitalina de Ebrard. Con el tiempo tomó impulso propio como diputado y senador, hasta llegar a presidir Morena, tocándole estar al frente del partido en las elecciones del 2021 y del 2024. Delgado tuvo el acierto de no asumirse y menos creerse el artífice de los arrolladores resultados, y sí de mantenerse dócil al verdadero dirigente, incluso distanciándose de Ebrard. El pago: la Secretaría de Educación Pública.
Ahora que salió la acusación formal en Estados Unidos en contra de Rubén Rocha Moya y el financiamiento del narcotráfico a su campaña a gobernador en 2021, se ha especulado que la investigación podría tener alcances a Mario Delgado, como presidente nacional de Morena, y al gobernador Américo Villarreal, entonces delegado especial de Morena en Sinaloa.
Más aún, desde 2022 hay columnas periodísticas que refieren que Mario Delgado habría negociado el financiamiento de Sergio Carmona Angulo, abogado dedicado al robo y contrabando de hidrocarburos, a candidatos a gobernadores de Morena en varios estados, entre ellos Sinaloa, Tamaulipas (incluidos municipios), Nayarit, Zacatecas, Campeche, Michoacán, las Baja Californias y Nuevo León. Carmona fue asesinado en noviembre de 2022 en medio de versiones de que buscaba hacerse testigo protegido de la DEA, lo cual habría logrado su hermano Julio César. No pasó nada, era la administración de Joe Biden; con Trump, puede ser otra historia.
Visto lo anterior, el menor de los problemas de Mario Delgado es el calendario escolar, las altas temperaturas, la CNTE o tragar sapos.
Innovar o quedarse atrás: el dilema inmobiliario
En medio de un mercado inmobiliario presionado por el encarecimiento del suelo, la necesidad de vivienda asequible y la redefinición de las ciudades, espacios como Liga Inmobiliaria adquieren relevancia más allá del networking: se convierten en laboratorios de ideas para entender hacia dónde se moverá el desarrollo urbano en México. El encuentro, que reunirá a líderes del sector inmobiliario, financiero y gubernamental este 13 de mayo en CDMX, refleja ese momento de transición que vive la industria.
La presencia de actores como la Secretaría de Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano (Sedatu), la Cámara Nacional de la Industria de Desarrollo y Promoción de Vivienda (CANADEVI), Fondo de la Vivienda del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (FOVISSSTE), BBVA Research, Scotiabank, Mifel, desarrolladores y especialistas en análisis territorial confirma que el futuro de la vivienda no puede discutirse desde una sola trinchera. El reto es multidimensional: acceso al crédito, planeación urbana, densificación, sostenibilidad, tecnología y rentabilidad convergen en una misma conversación.
El foro pone sobre la mesa una realidad que por años permaneció rezagada en el sector: la innovación tecnológica, que deja de ser un elemento accesorio y se convierte en un diferenciador estratégico. El Think Tank Inmobiliario es prueba de ello, porque las propuestas que se presentarán hablan de nuevos modelos de negocio, pero también de una transformación en la manera de entender el desarrollo urbano.
Ahí aparecen proyectos que buscan romper paradigmas tradicionales, como modelos de vivienda subsidiados a partir de esquemas publicitarios; plataformas capaces de procesar millones de datos para anticipar demanda y comportamiento del comprador; herramientas de geovisualización para analizar el contexto urbano de una propiedad en tiempo real; o ecosistemas de inteligencia artificial diseñados para automatizar y hacer más eficiente la comercialización inmobiliaria.
En el fondo, estas iniciativas parten de una misma premisa: el mercado inmobiliario necesita tomar decisiones basadas en inteligencia de datos. Por décadas, muchos proyectos se construyeron respondiendo a inercias del mercado; hoy, el cambio de las ciudades obliga a incorporar variables como análisis territorial, comportamiento demográfico, movilidad, disponibilidad hídrica y capacidad de infraestructura.
Copa Mundial en México… un riesgo innecesario
A solo 30 días de que el balón comience a rodar en el Estadio Azteca para inaugurar la Copa del Mundo 2026, México se encuentra en una encrucijada donde la euforia deportiva choca frontalmente con realidades estructurales profundas.
Mientras el país se posiciona como la novena economía más grande entre los participantes, con un PIB que roza los 2 billones de dólares, la “fiesta” mundialista aterriza en un territorio donde la prosperidad macroeconómica no se traduce en paz social o estabilidad cotidiana.
Curiosamente, el Mundial ha traído consigo una paradoja económica. Por un lado, la derrama es innegable; por el otro, el ciudadano de a pie en la CDMX, Monterrey y Guadalajara enfrenta una presión inflacionaria e inmobiliaria sin precedentes.
Las tres ciudades se encuentran en un proceso de gentrificación acelerado, desplazando a miles de personas lejos de sus orígenes o de sus barrios habituales; mientras se acerca el mundial, por otro lado, los productos han tenido un alza de precios considerable.
Desde un punto de vista de seguridad y riesgo, el gobierno ha desplegado el Plan Kukulkán, una estrategia que movilizará a más de 15,000 efectivos, incluyendo a la Guardia Nacional y la SEDENA. Sin embargo, analistas advierten sobre una “arquitectura institucional diseñada para otras amenazas”.
Cada ciudad anfitriona llega con sus propios pendientes:
Ciudad de México: con la inauguración a la vuelta de la esquina, la atención se centra en la finalización de obras críticas en el AICM y el Metro. La administración de Claudia Sheinbaum asegura entregas a tiempo, pero el margen de error es nulo, o sea, el error es inminente.
Monterrey: la ciudad ha tenido que equilibrar su crecimiento industrial y la escasez histórica de agua con la necesidad de ofrecer una sede de clase mundial. San Pedro Garza García y la zona de Fundidora serán los epicentros de una vigilancia extrema.
Guadalajara: con una expectativa de recibir a más de 20,000 aficionados solo de Corea del Sur, la capital jalisciense se enfrenta a un reto logístico y de integración cultural que pondrá a prueba su capacidad de servicios.
El Mundial 2026 no es solo un evento deportivo; es la plataforma de validación para la continuidad del proyecto político actual. Se busca proyectar la imagen de un México moderno y capaz, pero la realidad social, marcada por la persistencia de las desapariciones y la deuda pública proyectada al 55% del PIB para 2027, se asoma por las grietas de los estadios recién remodelados.
México está listo para jugar el partido más importante de su historia reciente en términos de imagen internacional. Sin embargo, el éxito estaría en saber aprovechar la oportunidad para “vender” México no solo como destino turístico, sino como plataforma comercial y socio de negocios y eso ya no pasó. Ahora solo nos queda rezar porque no hagamos el ridículo y nos salga el tiro por la culata. Un riesgo que no debimos correr.
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