Venezuela vive hoy un pleno estado de incertidumbre. Lo ocurrido en los últimos días es ofrecido por Washington como una operación de justicia internacional. Sin embargo, la captura de Nicolás Maduro, acusado de narcotráfico y crimen organizado, esconde hechos mucho más profundos que el retorno a la democracia en un país dominado durante décadas por el “chavismo”.
Detrás de esta narrativa legalista surge una pregunta que hasta el momento es complicada de responder: hasta qué punto esta crisis corresponde al Estado de derecho y cuánto tiene que ver con intereses económicos y geopolíticos largamente contenidos.
Estados Unidos no ha ocultado nunca su desprecio por el régimen venezolano, ni tampoco su frustración por haber perdido influencia en un país que alguna vez fue su principal proveedor energético en la región, porque Venezuela no es solo un Estado fallido sino también el país con las mayores reservas petroleras del mundo: más de 300 mil millones de barriles, el equivalente a muchos billones de dólares capitalizables, ese parece ser el foco del presidente Donald Trump y su reclamo sobre el presunto despojo de empresas de su país.
El gran problema es que ese reclamo no se sostiene como una deuda contable exigible. Las grandes nacionalizaciones ocurrieron hace décadas y, aunque polémicas, fueron parcialmente compensadas. No existe hoy una cifra oficial, reconocida en tribunales internacionales, que respalde la idea de una deuda petrolera directa con Estados Unidos, lo que sí existe es una narrativa política que convierte el acceso futuro al petróleo venezolano en una forma implícita de cobro.
La captura de Maduro tampoco puede entenderse de forma aislada. Aunque las acusaciones por narcotráfico son graves, el mensaje que se envía al mundo es poco menos que terrorífico: una potencia determina cuándo un jefe de Estado pierde su inmunidad, bajo qué tribunal será juzgado y qué consecuencias políticas tendrá su ausencia. Hoy es Maduro, mañana podría ser cualquier mandatario incómodo.
Más perturbador aún es la ambigüedad del propósito estadounidense. Washington no descarta explícitamente la permanencia del aparato del régimen –fuerzas armadas, burocracia, sistema judicial– siempre que se produzca un reacomodo político funcional. Bajo ese telón de fondo Corina Collado podría ser una opción de entrega ordenada, sin embargo, el presidente Donald Trump ha rechazado esa opción sugiriendo la división existente entre la oposición, argumento que resulta por demás sospechoso.
Reconstruir la deteriorada industria petrolera requerirá decenas de miles de millones de dólares de inversión (en este caso extranjera), tecnología y control operativo. La recompensa, sin embargo, promete mucho más que eso. Quien administre la transición será también el encargado de abrir y cerrar el grifo.
En lo político es donde la incertidumbre es mayor. El saldo del régimen es devastador: más de 7 millones de venezolanos han abandonado el país, el ingreso real se desplomó durante años y la deuda externa acumulada -entre Estado y PDVSA- se estima entre 150 y 170 mil millones de dólares, pero una cosa es exigir rendición de cuentas y otra muy distinta convertir a la justicia en herramienta selectiva de poder.
Mientras el grueso de la población, que se ha mostrado relativamente pasiva frente al accionar estadounidense, se encuentra a la expectativa. El futuro, al momento, no se presenta como algo mejor. Petróleo y política han sido un binomio que históricamente lejos de producir un estado de bienestar los ha empobrecido y hacia adelante no se vislumbra que vaya a ser muy distinto.
Condena bajo amenazas
Como muchos otros gobiernos, el de México, encabezado por Claudia Sheinbaum y representado al exterior por Juan Ramón de la Fuente… bueno, hoy no, pero sí por la cancillería, pues se encuentra convaleciente por una operación quirúrgica, ha expresado su repudio a la intervención estadounidense o trumpista en Venezuela.
Bajo el auspicio de la desgastadísima frase, mal atribuida a Benito Juárez, el gobierno mexicano, ni tardo ni perezoso expresó su condena, pero más pronto recibió una amenaza del presidente estadounidense ante la hipotética posibilidad de hacerlo en otros países acusados de proteger a los cárteles del narcotráfico, léase Colombia y México, y Ecuador y Bolivia, etcétera.
La amenaza se sintió más fuerte que el temblor de la semana pasada, tambaleando los pilares de la América Latina pacifista y resiliente, de la que hablan sus líderes nacionales, y poniendo a remojar las barbas de los sabios más rebeldes y recalcitrantes del hemisferio.
Una cosa es cierta, y solo esa, Donald Trump no deja de desconcertar a quien sea y, todavía, no hay quien se le pare de frente y lo detenga. La política del gran garrote prevalece.
La importancia del primer día de trabajo
Para muchos colaboradores, el primer día de trabajo es un momento cargado de emoción y nerviosismo. Para las empresas, en cambio, debería ser visto como algo más que un trámite administrativo: es una declaración silenciosa de cultura, liderazgo y prioridades.
En un mercado laboral donde atraer talento es solo la mitad del reto, la forma en que las organizaciones reciben a un nuevo colaborador puede definir su nivel de compromiso, productividad e incluso su permanencia. No es casualidad que hoy el onboarding se discuta en los comités directivos con la misma seriedad que la compensación o el desarrollo profesional.
Desde la perspectiva del colaborador, prepararse, observar y relacionarse son acciones clave para transitar con éxito el inicio de una nueva etapa. Pero desde la óptica empresarial, la pregunta es otra: ¿estamos realmente diseñando experiencias de bienvenida que faciliten esa adaptación?
Los datos y la experiencia confirman que, cuando una empresa deja al nuevo ingreso “a la suerte”, el mensaje se interpreta como falta de claridad en procesos, ausencia de referentes y una cultura que asume que la adaptación es responsabilidad exclusiva del empleado. El resultado suele ser predecible: desmotivación temprana, errores evitables y una curva de aprendizaje más larga de lo necesario.
Por el contrario, las organizaciones que estructuran su proceso de incorporación —con expectativas claras, acompañamiento real y espacios de integración— no solo reducen la ansiedad natural del primer día, sino que aceleran la conexión emocional del talento con la empresa. Como bien señala Alejandra Martínez, Responsable de Estudios del Mercado Laboral en Computrabajo México, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, la experiencia inicial influye directamente en el desempeño y la permanencia en el corto plazo. Y en un entorno donde la rotación es costosa, ese “corto plazo” importa más de lo que muchos directivos están dispuestos a reconocer.
El onboarding ya no es un asunto de recursos humanos, sino de liderazgo. Involucra a los jefes directos, a los equipos y a la narrativa corporativa que se vive —no la que se presume en presentaciones institucionales—. Cada presentación, cada reunión introductoria y cada conversación informal refuerzan o contradicen lo que la empresa dice ser.
En tiempos donde las personas eligen tanto a las empresas como las empresas a las personas, cuidar el primer día es cuidar el negocio.