El Foro Económico Mundial (WEF por sus siglas en inglés) dio a conocer su Reporte de Riesgos Globales 2026. Probablemente este ejercicio anual no había tenido un vuelco tan brusco desde la pandemia de covid de 2019, ahora con un riesgo antropogénico en una era de competencia: la confrontación geoeconómica. Se trata del principal riesgo identificado con mayor probabilidad de desencadenar una crisis global significativa en este año, previéndose un panorama turbulento por lo menos hasta 2028.
El desprecio por el multilateralismo, el aumento de las rivalidades, el proteccionismo comercial, la pérdida de confianza entre aliados, la falta de respeto por el estado de derecho, cadenas de suministro inestables, conflictos prolongados con riesgo de contagio regional, a decir del reporte, amenazan el núcleo de la economía global interconectada. Se está al borde de una era de competencia, es decir, la ley del más fuerte.
El reporte no lo llama por su nombre, pero el riesgo principal claramente está encarnado por un individuo. La decisión del líder de la principal potencia militar de romper con sus aliados tradicionales; de maltratar y buscar sacar todas las ventajas sobre sus socios comerciales y de retomar cínicamente ambiciones imperialistas, dejando atrás el presumirse autoridad moral como garante de la democracia y la libertad en el mundo. Todo queda ahora en la moralidad de un convicto.
Con los frentes abiertos, Donald Trump busca un nuevo orden mundial, en competencia con China y Rusia -cada una con sus capacidades y alcances geopolíticos-, dejando a Europa que se resuelva sola. Es decir, un mundo multipolar pero sin multilateralismo, aumentando las probabilidades de confrontaciones armadas.
En el corto plazo, el WEF tiene en el segundo lugar de riesgos la mala información y la desinformación; en tercero, la polarización social; en cuarto, eventos climáticos extremos; y, en quinto, los conflictos armados nacionales, aunque este último se ubica en segundo lugar para este 2026. En el largo plazo -10 años-, el reporte mantiene entre los principales riesgos los relacionados con el medio ambiente: eventos climáticos extremos, colapso de ecosistemas y pérdida de biodiversidad, cambios críticos en los sistemas de la Tierra y contaminación.
Si analizamos uno por uno, en todos los riesgos participan, en mayor o menor medida, las políticas de la actual administración estadounidense. Lamentablemente, para hacer frente a estos riesgos es fundamental la cooperación, y es precisamente ésta la que se ve más lejana.
Crisis interna en Estados Unidos
El estilo beligerante del presidente Donald Trump ha permeado a las instituciones más fuertes del gobierno estadounidense, a sus autoridades y a sus agentes y efectivos militares. La sociedad americana se encuentra en una crisis de credibilidad en su líder y en la inmoralidad de sus actos, que atropellan lo mismo a los países más lejanos que a sus propios connacionales.
En el último año, las tensiones en Estados Unidos han alcanzado niveles alarmantes, evidenciando una erosión significativa de la confianza de los ciudadanos en sus autoridades. A medida que se intensificaron las protestas contra la represión y las medidas gubernamentales dirigidas a inmigrantes, junto con los ataques sistemáticos de Trump a los medios de comunicación, se ha creado un ambiente de desconfianza que podría tener repercusiones duraderas en la relación entre el pueblo estadounidense y sus líderes.
Las manifestaciones que estallaron en respuesta a la brutalidad policial tras el asesinato a sangre fría de Renee Nicole Good por un agente del ICE en Mineápolis, Minnesota, son la muestra de una sociedad que clama por un cambio. Sin embargo, la respuesta de las autoridades ha sido desproporcionada, con un uso excesivo de la fuerza que no solo ha avivado el descontento, sino que también ha puesto en tela de juicio la legitimidad de las fuerzas del orden. En este contexto, los ciudadanos comenzaron a cuestionar la capacidad del estado para proteger sus derechos y su seguridad.
Simultáneamente, las redadas y arrestos masivos contra inmigrantes, justificados bajo el discurso de la “seguridad nacional”, generaron un clima de miedo y desasosiego en comunidades enteras. Estas acciones no solo destruyeron familias, sino que también socavaron la confianza en los sistemas que supuestamente están diseñados para proteger y servir a todos los ciudadanos, sin distinción. Los inmigrantes y sus allegados, que durante años habían aportado a la economía y la cultura del país, se encontraron en la mira de un gobierno que parecía más interesado en divisiones que en soluciones.
A todo esto se sumaron los ataques directos de Trump a los medios de comunicación, a los que descalificó como “enemigos del pueblo”. Este enfoque retó a la libertad de prensa y propició un ambiente de hostilidad hacia aquellos que se atreven a cuestionar el status quo. La confianza en la información veraz y objetiva ha sido erosionada, llevando a muchos a abrazar las burbujas informativas que refuerzan sus creencias, en lugar de promover un debate constructivo. La reciente incursión del FBI en el domicilio de una periodista del Washington Post subraya aún más esta preocupante tendencia. Este tipo de acciones no solo intimidan a los reporteros, sino que también envían un mensaje claro sobre el tipo de régimen que está en juego: uno que busca silenciar más que informar.
Por si esto fuera poco, en una sociedad que no suele ver más allá de su ombligo, las posiciones radicales en contra de China, Rusia, México, Cuba y un largo etcétera, no son vistas con agrado de parte de todo el pueblo estadounidense, es más, se diría que ni siquiera de la mayoría. Hoy, la amenaza a Groenlandia está en el centro de la discusión y poniendo el riesgo de la OTAN, otra autoridad de cooperación internacional de alto nivel de las que por cierto también ha retirado su apoyo el presidente Trump.
La polarización está en su punto más álgido. Mientras una parte de la población clama por justicia y equidad, otra se aferra a discursos que promueven el miedo y la división. Este fenómeno no solo deteriora la cohesión social, sino que también transforma la naturaleza del liderazgo estadounidense. Aquellos que ocupan posiciones de autoridad ahora deben navegar en un mar de desconfianza, donde el respeto y la legitimidad son cada vez más difíciles de obtener.
Gaza y el Plan de Paz: escalera hacia ninguna parte
Estados Unidos tiene prisa. Pese a las deficiencias presentadas durante el primer escalón del proceso de paz para Gaza, ya decidió dar un segundo paso, quizá el más complicado de una escalera que pretende llevar algún día a la consolidación de la paz y normalización de relaciones entre israelíes y palestinos, lo que podría tomar al menos una generación dadas las heridas tan profundas infligidas por ambos bandos, cicatrices que sin lugar a duda serán difíciles de cerrar.
El anuncio fue hecho por el enviado especial para la región, Steve Witkoff; sí, el mismo empresario inmobiliario que sugirió reubicar a los refugiados gazatíes para construir un resort en el territorio que legalmente les pertenece; quien además se dio el lujo de amenazar con consecuencias graves si las condiciones no son cumplidas.
La intimidación, por supuesto, va dirigida al bando palestino, que de acuerdo con el plan de 20 puntos establecido originalmente, contempla la desmilitarización completa del enclave, el desarme de Hamas y la creación de una administración palestina tecnocrática de transición para gobernar Gaza temporalmente, entre otros señalamientos.
Se trata más de un proyecto retórico que real, la administración de un conflicto crónico que nadie se atreve a resolver. Si bien la idea suena atractiva en el discurso, en el papel termina por ser una falacia cuando se le mira con cuidado. Desarmar a un actor que no solo se define como movimiento armado, sino que ha construido su legitimidad interna precisamente en torno a la resistencia, supone asumir que la devastación de Gaza ha producido una rendición moral y política de la sociedad palestina. No hay evidencia de ello. La población está exhausta, sí, pero el cansancio no equivale a capitulación ni a rendición.
Del lado israelí, la narrativa sobre seguridad absoluta continúa marcando los límites de cualquier iniciativa. Israel ha cumplido parcialmente la primera fase del plan, pero lo ha hecho sin renunciar a operaciones militares ni al control estratégico del territorio: la lógica es clara; no habrá retirada ni concesión sustantiva mientras exista la percepción de amenaza. El problema es que esa percepción se ha vuelto estructural, casi permanente, y funciona como argumento para posponer indefinidamente cualquier solución política de fondo.
En ese contexto, la idea de un Estado palestino sobrevive más como consigna diplomática que como proyecto viable. Pese a contar con un gobierno reconocido por 130 países y tener estatus de Estado observador no miembro de la ONU, carece de los elementos mínimos de soberanía. Gaza y Cisjordania no solo están separadas geográficamente, sino política y administrativamente; no hay control efectivo de fronteras, espacio aéreo ni recursos estratégicos como el agua.
La comunidad internacional acompaña con recursos, pero evita comprometerse con las decisiones. De acuerdo con organismos internacionales, la reconstrucción de Gaza tendrá un costo de entre 40 mil y 50 mil millones de dólares, una cifra que supera con creces cualquier compromiso financiero concreto anunciado hasta ahora.
Lo que se perfila hacia adelante no es una paz duradera: altos al fuego intermitentes, reconstrucciones parciales, administración tecnocrática sin poder político real y ciclos recurrentes de violencia. Gaza corre el riesgo de convertirse en territorio permanentemente tutelado, reconstruido una y otra vez sin que se resuelvan las causas estructurales de su destrucción.
La historia muestra que conflictos aparentemente irresolubles (Irlanda del Norte, Sudáfrica, incluso Alemania tras la Segunda Guerra Mundial) sí encontraron salida, pero solo cuando confluyeron tres factores: cansancio social profundo y transversal; liderazgos capaces de desafiar a sus propias bases; y un marco internacional coherente y sostenido, no fragmentado ni oportunista.
Hoy ninguno de esos factores se encuentra plenamente presente y esa es la peor noticia.
El reclutamiento como estrategia de negocio
Enero siempre ha sido un mes de propósitos, pero en el mercado laboral mexicano, 2026 inicia con algo más profundo que buenas intenciones: una redefinición del poder entre candidatos, empresas y procesos de selección.
Los datos del Indicador del Empleo de Computrabajo, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, no solo describen tendencias, también revelan un cambio estructural, ya que hoy, el candidato no solo busca trabajo: compara, exige, evalúa y decide, y lo hace con criterios cada vez más claros.
Que el 50% priorice el salario competitivo no sorprende en un entorno de inflación persistente y mayor conciencia financiera. Lo relevante es lo que viene después, la modalidad de trabajo, crecimiento profesional y beneficios. Es decir, el empleo dejó de ser un contrato económico para convertirse en una propuesta de valor integral. Para las empresas, el mensaje es incómodo pero necesario: ya no basta con ofrecer estabilidad, también se exige coherencia entre discurso, condiciones y proyección.
Si algo queda claro en el estudio es que los procesos de reclutamiento se han convertido en un filtro reputacional. El 50% pide procesos más cortos, el 25%, menos pasos y el 16%, entrevistas 100% virtuales.La lectura de los resultados refleja que la experiencia del candidato importa tanto como la experiencia del cliente.
Cada formulario innecesario, cada entrevista redundante, cada semana sin respuesta construye o destruye la marca empleadora. Las organizaciones que sigan tratando el reclutamiento como un trámite administrativo perderán talento frente a aquellas que lo entiendan como una estrategia de negocio.
En cuanto al papel de la Inteligencia Artificial en los procesos de selección y reclutamiento, el 66% de los candidatos reconoce que ésta, ha mejorado su experiencia, sin embargo, solo el 14% desea procesos completamente sin ella. Esto revela una postura madura: la tecnología es bienvenida, siempre que no deshumanice. Los candidatos quieren IA que recomiende vacantes, mejore currículums y ofrezca retroalimentación. Aquí surge una responsabilidad crítica para las empresas: usar la IA como herramienta de precisión, no como excusa de distancia. Automatizar no significa abdicar del criterio, la empatía y la comunicación.