Pasado el susto tras la operación militar, mediante la cual fue sustraído del país el presidente Nicolás Maduro, Venezuela aparece no como una nación que se reconstruye, sino un botín que se reordena. Empresas estadounidenses que durante décadas acumularon reclamos multimillonarios por expropiaciones hoy analizan la posibilidad de volver a invertir bajo la lógica de que les corresponde ser los primeros beneficiarios una vez que el poder cambió de manos.
Empresas como ConocoPhillips y ExxonMobil mantienen demandas por más de 10 mil millones de dólares, derivados de nacionalizaciones ejecutadas durante el régimen de Hugo Chávez. Estos litigios no desaparecieron, quedaron suspendidos a la espera de una coyuntura favorable que hoy parece llegar, no por la estabilidad institucional venezolana –que sigue siendo frágil– sino por la oportunidad geopolítica que Washington encuentra en el saqueo petrolero.
Con la retórica que lo caracteriza, el presidente Donald Trump fue claro: Venezuela entregará entre 30 y 50 millones de barriles de crudo a la Unión Americana una cantidad equivalente (en el mejor de los casos) a dos días y medio del consumo estadounidense. Más significativas resultan las declaraciones del secretario norteamericano de Energía, Chris Wright, quien ya adelantó que su país se hará cargo de la industria petrolera venezolana, incluida la supervisión de la venta de la producción del país. El trofeo para silencioso invasor.
La pregunta más que evidente es, ¿de dónde va a salir ese petróleo? Porque no será de una hipotética expansión productiva inmediata. Ni de nuevos campos. Tampoco de inversiones ya comprometidas. Claramente provendrá de reorientar exportaciones existentes, principalmente las que hoy se dirigen a Asia, o del sacrificio de crudo destinado al pago de deuda. Se trata de petróleo que ya estaba comprometido, no petróleo nuevo que alguien dejará de recibir.
Quienes se están moviendo aún más rápido que las grandes petroleras son los traders. Ahí aparece Trafigura. Su disposición a dialogar con Estados Unidos sobre un posible regreso a Venezuela, no supone herramientas, refinerías o miles de empleos. Conlleva comercio, logística y financiamiento puente. Implica lo que mejor sabe hacer un trader: convertir un recurso bloqueado en flujo de caja. Trafigura apuesta por la reapertura del circuito comercial del crudo.
Lo que en el papel dibuja elegantemente el gabinete de Trump, sin embargo, enfrenta problemas que van más allá de apropiarse de un recurso natural que no le pertenece. China, Rusia (y en menor medida Bielorrusia) han prestado a Venezuela más de 60 mil millones de dólares, pagaderos en buena parte con petróleo. Rusia consolidó presencia estratégica en el sector energético y militar. Bielorrusia firmó acuerdos industriales y extractivos durante los años de mayor aislamiento internacional. Los compromisos no se evaporan con un cambio de narrativa por parte de la Casa Blanca.
Un botín sobre el que todos reclaman su parte mientras los venezolanos, de hinojos, son mudos testigos de cómo se reparte la herencia de sus hijos.
“Hagan lo correcto”
El presidente Trump mandó un mensaje a la Corte en Washington, advirtiendo sobre el fallo que planea hacer este viernes. Se trata de los aranceles impuestos el 2 de abril, en donde nos pasaron a la báscula junto con China y Canadá, con el pretexto del combate al fentanilo; es decir castigándonos por no ser eficientes, un poco el Plan Mérida de siempre, pero con esteroides de los malos. “Espero que hagan lo correcto”, dijo Trump ante la pregunta de un periodista sobre el próximo fallo de la Corte.
Trump, que suele llenarse de fortaleza cada vez que asesta un golpe contra alguien, ha iniciado su ataque a diestra y siniestra, sí, como aquel personaje de caricatura de Hanna Barbera “Tiroloco Mc Graw” y ahora, mientras los líderes europeos se reunían en París, Trump se burló ahora del presidente Macron, al punto del insulto, ahora refiriéndose al arancel sobre medicamentos que impone la UE a los Estados Unidos, advirtiéndole que tendrá que someterse a sus órdenes.
Fuera de cualquier protocolo, envalentonado, Trump ha vuelto a las andadas, a ese mundo alternativo, en el que él es el emperador y en donde ataca a quien sea y se sale con la suya, o al menos eso cree.
No se trata solamente de una bravata, no se trata solamente de un asunto de diner… es una estrategia. Es la única manera de salir de una crisis personal que lo ha tenido contra las cuerdas. Ha contado los años, meses y días para imponer su voluntad, aún cuando se trate de una locura, bueno, eso último no lo piensa.
La gravedad de este momentum de Trump radica en que todo lo demás que suceda alrededor de ello puede entrar en una lógica peligrosa, que podría escalar cualquier otro conflicto. La detención de un buque con bandera rusa en el Mar del Norte, por ejemplo, que atrajo las miradas de todos y el enojo de Putin.
Trump es un provocador, le gusta serlo y lo hace bien, pero su inestabilidad es de cuidado y eso nadie lo sabe mejor que sus propios paisanos, ya sean demócratas o hasta republicanos. Alguien tiene que pararlo.
La urgencia de Trump por Groenlandia
El tema parecía haber quedado en el olvido, como aquella propuesta burlona de hacer de Canadá el estado 51 hasta que, a mediados de diciembre, Donald Trump anunció la designación del gobernador de Luisiana, Jeff Landry, como enviado especial de Estados Unidos para Groenlandia, insistiendo en que la isla, territorio semiautónomo danés, pase a ser estadounidense.
La sustracción de Nicolás Maduro y el escenario venezolano parecieron envalentonar más a Trump en buscar su objetivo, argumentando que es una prioridad para la seguridad nacional y la de sus aliados, y poniendo nerviosos a quienes todavía se creen sus aliados europeos, empezando por la Primera Ministra danesa, Mette Frederiksen, quien advirtió que una invasión militar estadounidense sería el fin de la OTAN, lo que tiene sin cuidado a Trump quien, por el contrario, lo que más desea es que Europa resuelva su defensa con sus propios recursos.
Lo de la Groenlandia estadounidense no es un capricho sin razón del magnate. Por correspondencia geográfica, actualmente hay ocho países árticos: Rusia, con la mayor parte; Estados Unidos, con Alaska; Canadá, amplios territorios y lagos; Dinamarca, con Groenlandia, isla cuyas dos terceras partes están en el Ártico; Islandia, Noruega, Suecia y Finlandia. Sin embargo, China ha incrementado su presencia como socio estratégico de Rusia, donde ambos países llevan la ventaja en la competencia por los hidrocarburos y minerales que están dejando al descubierto el deshielo acelerado del Ártico, así como la llamada Ruta Norte de la Seda, que conecta Asia-Pacífico con Europa por el Océano Ártico, recortando 3000 millas náuticas respecto a la ruta por el Canal de Suez, es decir, de 15 a 20 días menos de viaje.
Rusia cuenta, por mucho, con la flota de rompehielos más grande del mundo y presencia permanente de submarinos, aunque sigue siendo la zona más vulnerable de su territorio, por extensión y escasa población. Por su parte, China cuenta con la flota mercante más grande a nivel mundial, grandes astilleros y buscan las mejores rutas para transportar mercancías y, en caso necesario, para uso militar. De ahí que para Trump sea urgente aumentar la presencia territorial en el Ártico y qué mejor que con la isla más grande del mundo, unos 200 mil kilómetros cuadrados más de territorio que México y una población apenas mayor a la de la colonia Del Valle en la CDMX.
Públicamente, se ha planteado la compra, aunque no se descarta la invasión de Groenlandia. Tratando de atender las preocupaciones de seguridad de Estados Unidos, la Unión Europea ha planteado estrechar la cooperación en la región, pero está visto que Trump quiere un nuevo reparto del mundo, le estorban Europa y el multilateralismo, y le urge acelerar en una carrera encabezada por rusos y chinos, siendo Groenlandia una parte del reajuste geopolítico y estratégico que busca.
Atrapados los daneses en un callejón con una salida, lo más probable es que en Copenhague estén contemplando cuánto dinero y qué condiciones quieren para negociar la entrega de Groenlandia y no romper con Estados Unidos, en espera de mejores tiempos, léase, que ya no esté Trump. Y mientras tanto, en Canadá, esperan su turno para que vuelva la oferta del estado 51.
2025, el año en que adaptarse fue la única constante
El cierre de 2025 deja una lectura clara sobre el mercado laboral mexicano: la estabilidad profesional dejó de ser una garantía. De acuerdo con la encuesta de autoevaluación laboral que realiza cada año OCC, la bolsa de trabajo en línea, en la que los trabajadores valoran su situación al concluir el periodo, 45% percibe un retroceso en su trayectoria profesional. Más que una cifra aislada, el dato refleja un cambio estructural en la forma en que se construyen las carreras.
El contraste es revelador. Solo 24% considera que su situación fue mejor que en 2024, mientras que 31% se mantuvo igual, lo que dibuja un mercado de contención, donde avanzar ya no implica necesariamente ascender o mejorar ingresos, sino lograr mantenerse vigente, reacomodarse o evitar el deterioro.
Entre quienes reportan una mejora, los factores determinantes no se limitan al salario, ya que conseguir un mejor empleo aparece como detonante, pero destacan también el equilibrio entre la vida laboral y personal y la capacitación constante. Este hallazgo confirma que el éxito profesional se está redefiniendo: hoy pesa tanto la calidad de vida como la proyección de largo plazo en un entorno incierto.
En contraste, el retroceso está asociado a la pérdida de empleo y a la dificultad para reinsertarse en el mercado laboral. Aquí emerge una de las principales fragilidades del sistema: la empleabilidad dejó de depender solo de la experiencia acumulada; la capacidad de adaptación se convirtió en el principal activo profesional.
No es casualidad que el sondeo muestre a la adaptabilidad y la capacitación como las habilidades más fortalecidas. Frente a la digitalización acelerada, la automatización y el avance de la inteligencia artificial, los trabajadores asumen que la vigencia laboral se construye, más que nunca, desde el desarrollo de nuevas competencias.
El balance entre trabajo y vida personal aporta una lectura ambigua. Que 65% considere haberlo logrado puede interpretarse como un avance, pero también como un ajuste a expectativas más realistas. El resto evidencia que la sobrecarga laboral y la presión por resultados siguen impactando la vida personal y el bienestar.
La encuesta muestra un mercado laboral en transición: menos predecible, más exigente y con reglas distintas. Para las empresas, el reto es ofrecer trayectorias y desarrollo real. Para los trabajadores, la lección es clara: la carrera profesional se transformó en un ejercicio constante de decisiones estratégicas. 2025 no fue un año de expansión generalizada, pero sí uno de aprendizaje forzado y en este entorno, adaptarse se convirtió en una condición de permanencia.