A medida que nos acercamos a las cruciales elecciones de medio término de 2026, el paisaje político de Estados Unidos parece haber entrado en una fase de fatiga sistémica. Lo que antes era percibido por su base como “fuerza disruptiva”, hoy comienza a leerse, incluso en sectores moderados del conservadurismo, como un aislamiento costoso.
La imagen de Donald Trump, blindada durante años por una retórica de confrontación infalible, muestra hoy grietas profundas que van desde el desdén diplomático hasta un choque cultural que parece haber encontrado en un escenario de fútbol americano su metáfora más potente.
Las calles de las principales ciudades del país no mienten. Las múltiples protestas contra el uso del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) han dejado de ser eventos aislados para convertirse en un movimiento civil sostenido.
La militarización de la política migratoria, sumada a la reciente suspensión de visados para 75 países y las restricciones totales para otros 19, ha generado un clima de incertidumbre que ya no solo afecta a las comunidades inmigrantes, sino al tejido empresarial que depende de la movilidad global. El mensaje es claro: la seguridad nacional, esgrimida como justificación, está empezando a ser vista como una barrera ideológica que asfixia la competitividad estadounidense.
En la escena internacional, la diplomacia se ha transformado en un tablero de extorsión arancelaria. Las amenazas contra Dinamarca por la negativa a negociar la soberanía de Groenlandia, llegando incluso a sugerir el uso de la fuerza y aplicando aranceles del 25% a aliados de la OTAN, han dejado a Washington en una soledad estratégica sin precedentes.
A esto se suma la regresión en la política hacia Cuba, con amenazas de impuestos a terceros países que comercien con la isla. Esta “intromisión arancelaria” no solo socava el derecho internacional, sino que castiga directamente el bolsillo del consumidor estadounidense, quien termina pagando el costo de las guerras comerciales de la Casa Blanca.
Sin embargo, el golpe más simbólico no vino de una cancillería, sino del medio tiempo del Super Bowl LX. El espectáculo de Bad Bunny no fue solo un evento musical; fue un manifiesto político en horario estelar. Mientras el presidente calificaba el show como “una afrenta a la grandeza de Estados Unidos”, millones de jóvenes y votantes latinos veían en las pantallas un mensaje de inclusión: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
La reacción visceral de Trump contra el artista puertorriqueño —un ciudadano estadounidense, vale recordar— ha servido para movilizar a un bloque electoral que el Partido Republicano necesita desesperadamente si espera retener el control del Congreso. Al atacar un símbolo de la cultura popular contemporánea, Trump no solo atacó a un músico; atacó la identidad de la minoría más grande y de mayor crecimiento en el padrón electoral.
Con una aprobación que ronda el 36-40%, el escenario para noviembre es sombrío para el oficialismo. La historia enseña que las elecciones de medio término suelen ser un referéndum sobre el ocupante del Despacho Oval. Si la tendencia actual persiste, la pérdida del control del Congreso no será solo una derrota legislativa, sino el fin del mandato absoluto de una visión del mundo que parece haber agotado su capacidad de seducción.
Estados Unidos se encuentra en una encrucijada: o mantiene el rumbo de la confrontación arancelaria y el aislamiento cultural, o permite que las urnas restablezcan un equilibrio que la diplomacia y el sentido común parecen haber perdido en el camino.
El escándalo que sobrevivió a Epstein
Nuevamente el caso Jeffrey Epstein ocupa los titulares de los principales diarios y vuelve a ser el centro del debate público no porque exista un nuevo juicio en puerta, sino porque la historia está lejos de cerrarse. La reciente liberación de millones de documentos –producto de una ley de transparencia aprobada en Estados Unidos– ha generado un rosario de cuestionamientos ¿Quién sabía?, ¿quién miró hacia otro lado?, ¿y por qué, si los procesos centrales ya concluyeron, el escándalo sigue creciendo? La respuesta es evidente: el interés actual es menos judicial, pero profundamente político, institucional y moral.
Desde el punto de vista estrictamente legal, el expediente principal está agotado. Epstein se suicidó en prisión en 2019 antes de enfrentar un juicio federal y su socia, Ghislaine Maxwell, fue condenada en 2022 a 20 años de cárcel. No hay, al menos por ahora, nuevos cargos penales anunciados contra terceros. Sin embargo, la publicación parcial de más de tres millones de documentos –de un universo estimado en seis millones– ha revelado la magnitud de una red de relaciones que va mucho más allá de dos oscuros personajes. Correos, agendas, registros de vuelos y testimonios muestran cómo el poder, dinero e influencia generaron durante años un ecosistema de impunidad.
El impacto desde la revelación no ha sido uniforme, pero sí profundo. El caso más emblemático es el del príncipe Andrés de Inglaterra, hermano del rey Carlos III. Sin enfrentar una condena penal, su asociación con Epstein derivó en un acuerdo civil millonario con una de las víctimas y en una caída estrepitosa: perdió títulos militares, patronazgos oficiales y cualquier papel público dentro de la monarquía. Su caso ilustra una nueva realidad: aun cuando la justicia penal no alcance a todos, el costo reputacional puede ser irreversible. La mera cercanía con Epstein se convirtió en una mancha que ni el poder ni la realeza pudieron borrar.
Por eso el foco actual no está tanto en los tribunales como en el Congreso estadounidense, donde los legisladores han accedido a documentos no redactados y cuestionan si el Departamento de Justicia ha sido excesivamente restrictivo en lo que hizo público. El debate ya no gira en torno a los delitos comprobables, sino a fallas institucionales: investigaciones incompletas, acuerdos indulgentes y una red de silencios que protegió a figuras influyentes durante mucho tiempo. Paralelamente, las víctimas siguen buscando reparación principalmente por la vía civil, sin un esquema estatal amplio que reconozca la dimensión del daño causado.
En ese contexto, incluso la muerte de Epstein –oficialmente catalogada como suicidio– adquiere un gran peso simbólico. No por lo que pruebe, sino por lo que impidió: un juicio público, testimonios bajo juramento y la posibilidad de conocer el alcance completo de la red que lo rodeaba.
Más allá de teorías o sospechas, su muerte evidenció un colapso institucional que dejó a la sociedad con respuestas a medias. El expediente judicial puede estar cerrado, pero el caso Epstein sigue abierto porque expuso algo más profundo: cuando el poder se protege a sí mismo, la justicia puede terminar en los tribunales, pero el reloj de la rendición de cuentas empieza su implacable cuenta regresiva.
Remodelando el Azteca: entre lo posible y lo probable
Abordado el viernes pasado respecto a los avances en la remodelación del Estadio Azteca, Emilio Azcárraga Jean, presidente del Grupo Ollamani, reconoció que la sede mundialista no estará totalmente listo para el partido de reinauguración entre México y Portugal el próximo 28 de marzo y que las obras continuarán incluso después del Mundial. El propietario del estadio dijo sin convencimiento que los constructores dicen que van en tiempo, pero que él les ha dicho que “no veo que sus fechas sean las fechas”.
Este martes, el periódico deportivo Esto publicó una exclusiva bajo el título “Mundial en riesgo” citando el último reporte trimestral entregado por Ollamani a la Bolsa Mexicana de Valores, destacando entre los riesgos que contempla la “posible descalificación o reubicación de partidos clave por la FIFA”, “incumplimiento de plazos por las obras de remodelación y costos imprevistos”, y “un alto apalancamiento” en la renovación del estadio.
Estamos ante un ejemplo de la diferencia entre lo posible y lo probable. Es posible la descalificación y reubicación de partidos del Mundial, como lo puede ser en otras sedes, es poco probable que suceda. No hay ni siquiera un extrañamiento por parte de la FIFA respecto a la remodelación del Estadio Azteca. El partido de reinauguración sigue en pie y a fines de marzo se verá un estadio funcional, nadie se sentará entre ladrillos, ni habrá mezcla de cemento en los pasillos. Y de ahí a junio lo que falte seguramente no incidirá en la realización de los partidos programados.
Detrás de las declaraciones de Azcárraga Jean y la portada del Esto parece haber más una presión a las desarrolladoras Altavista Sur Inmobiliaria y Fútbol del Distrito Federal, así como al despacho estadounidense Populous, a cargo del rediseño, pues el proyecto contemplaba el Conjunto Estadio Azteca, con un centro comercial y varios niveles de estacionamiento, además de la remodelación de la sede deportiva. Las áreas de estacionamiento urgen, posible y muy probablemente, lo que quedé pendiente sea el centro comercial.
WhatsApp y el empleo
Durante años, el discurso sobre reclutamiento se centró en plataformas robustas, procesos estructurados y filtros cada vez más sofisticados, sin embargo, la realidad del mercado laboral en el país nos recuerda que el talento se mueve al ritmo de sus hábitos, no al de los manuales corporativos. En ese contexto, la postulación vía WhatsApp no es una moda pasajera, sino el reflejo de un cambio más profundo en la relación entre empresas y candidatos.
Datos del Indicador del Empleo de Computrabajo, el site de empleo líder en Latinoamérica son claros, más de la mitad de los profesionistas mexicanos considera que postularse por WhatsApp es más rápido y sencillo. Para perfiles operativos, técnicos y junior, este canal abre la puerta a un primer contacto inmediato.
Desde la óptica del reclutador, el atractivo es una comunicación directa, respuestas más rápidas y una experiencia de candidato más cercana. Pero aquí es donde conviene hacer una pausa estratégica, ya que el mismo indicador que revela entusiasmo también expone una alerta: uno de cada cuatro candidatos duda de la seguridad de WhatsApp como canal de postulación, y un 20% admite que esta modalidad le genera desconfianza.
El reflejo de los resultados es que la tecnología no reemplaza a la credibilidad y que las empresas que decidan integrar WhatsApp en sus procesos deberán acompañarlo de reglas claras, canales oficiales verificados y una narrativa transparente que proteja la información del candidato, de lo contrario, el beneficio de la inmediatez puede verse opacado por la percepción de informalidad o riesgo.
El Indicador del Empleo ofrece una radiografía valiosa del momento que vive el reclutamiento en México: los candidatos quieren procesos más accesibles y prácticos, pero no están dispuestos a sacrificar certeza y profesionalismo. El reto para las organizaciones no es adoptar WhatsApp, sino integrarlo de manera inteligente a una estrategia de atracción de talento más amplia.