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El Mundial en los tiempos del algoritmo

por El Consejero
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El Mundial en los tiempos del algoritmo

La celebración de un evento global como la Copa del Mundo ha dejado de ser únicamente un espectáculo deportivo para convertirse en un fenómeno sociológico de escala masiva. Si antes el Mundial se limitaba a los 90 minutos en el césped y la tertulia de sobremesa, hoy se juega simultáneamente en una segunda cancha: la del algoritmo.

En su faceta más positiva, las redes sociales han democratizado el acceso a la experiencia mundialista. Han permitido que millones de personas, independientemente de su ubicación geográfica, compartan un sentimiento de pertenencia en tiempo real. El meme, lejos de ser una simple trivialidad, se ha consolidado como un “lenguaje universal” que sintetiza emociones complejas: euforia, alivio, frustración.

Esta capacidad de conectar a extraños bajo una misma emoción es, sin duda, un triunfo de la tecnología que refuerza el tejido de nuestros rituales sociales. Sin embargo, esta aparente conexión esconde una realidad más sombría.

El algoritmo, ese árbitro invisible, no opera bajo criterios de veracidad o armonía, sino de reacción. Al priorizar el contenido que genera indignación, sorpresa o conflicto, las plataformas fomentan involuntariamente la creación de “cámaras de eco”.

Las implicaciones para nuestra sociedad son profundas y preocupantes. Como en el caso de la polarización emocional: el debate deportivo se contamina rápidamente con discursos de odio o desinformación. Lo que debería ser una sana discrepancia táctica o arbitral se transforma en una guerra de trincheras digitales donde se busca la deshumanización del “rival”.

Por otro lado, la conversación pública se ha convertido en una mercancía. Bajo el pretexto de la libertad de expresión, las plataformas a menudo permiten que la desinformación y los estereotipos circulen libremente, ya que resultan más rentables que el análisis sosegado y veraz.

Probablemente, el caso más preocupante sea el de la vulnerabilidad a la manipulación: El Mundial se convierte en un terreno fértil para que actores interesados instrumentalicen la atención masiva, propagando teorías conspirativas o discursos polarizantes que terminan fracturando la cohesión social más allá de los límites del estadio.

¿Es positivo este nuevo orden digital? La respuesta es ambivalente. Si bien las redes han amplificado la escala de nuestra alegría colectiva, también han facilitado la erosión de nuestro juicio crítico. El peligro real no es la tecnología en sí misma, sino nuestra creciente pasividad ante un ecosistema digital que, mientras nos hace sentir “más conectados”, nos ofrece una visión del mundo cada vez más simplificada, tribal y confrontada.

En última instancia, el desafío para la sociedad moderna no es dejar de habitar la “segunda cancha” de las redes, sino aprender a jugar en ella con una mayor alfabetización digital, cuestionando lo que nos indigna y entendiendo que, tras el algoritmo, siempre debe haber un ser humano capaz de distinguir la pasión deportiva del odio destructivo.

Lluvias y drenaje del Valle de México

La lluvia de la noche del pasado domingo es hasta el momento la mayor lluvia del año en el Valle de México, con 70 millones de metros cúbicos -equivalentes a llenar con agua 39 estadios Azteca-, según dio a conocer Citlalli Peraza Camacho, directora general del Organismo de Cuenca de Aguas del Valle de México (OCAVM) de la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA).

Invitada por Roberto González Ramírez, presidente de la Asociación Mexicana de Ingeniería de Túneles y Obras Subterráneas (AMITOS), para reunirse con integrantes del Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM), la ingeniera a cargo del drenaje profundo del Valle de México, profundizó en el dato anterior señalando que este junio ha sido el más lluvioso en 5 años, pues de 14 lluvias que se han presentado en el año, 12 han sido en este mes. Cabe señalar que, como parte de un protocolo de actuación, éste se activa cuando en promedio las estaciones meteorológicas de cuatro zonas -Poniente, Dren General, Gran Canal y Zona Hidalgo- suman 8 milímetros de lluvia. Cada activación es una lluvia con esas características.

De acuerdo al histórico de activación del Protocolo desde 2013 hasta lo que va de 2026, se puede identificar el periodo de sequía de 2022 y 2023, con 15 y 19 activaciones del protocolo respectivamente, mientras que la recuperación se registra en 2024,  con 31 activaciones y 2025 con 30.

De acuerdo a los expertos del Colegio, el drenaje profundo del Valle de México enfrenta varios retos: el hundimiento de la Ciudad reduce los gradientes hidráulicos, es decir, el desplazamiento del agua se reduce al perderse altura; la falta de supervisión, mantenimiento e inversión; el reciclamiento de agua, al estar revueltas agua de lluvia y residuales en el drenaje; así como obras pendientes, particularmente para atender las inundaciones que se sufren en el oriente, particularmente, a decir del presidente de la AMITOS, el Dren General del Valle, el cual es prácticamente la continuación del Río de La Compañía, de 30 kilómetros de longitud, con diámetros de entre 5 y 7 metros del túnel; así como terminar el túnel Chimalhuacán II, que ha quedado pendiente.

Igual de importante, la funcionaria de Conagua señaló otro problema: la basura, la cual cada vez es más. La ingeniera ejemplificó: en 2024 se extrajeron 56,855.20 toneladas de basura y 651,258.36 metros cúbicos de azolve; en 2025 fueron 99,699.19 toneladas de basura y 726,291.26 metros cúbicos de azolve, lo que implica que “entre ocho y nueve encharcamientos son provocados por la basura”, por lo que Peraza Camacho hizo el exhorto a no tirar basura en los ríos y el drenaje, y a denunciar a quien lo haga.

Cuando la tierra hace temblar a las instituciones

No es extraño que, cuando ocurre un desastre natural, sea inevitable dirigir la mirada hacia la fuerza de la naturaleza. Medimos la magnitud del sismo, contamos las réplicas y seguimos con angustia el número de víctimas. Sin embargo, los terremotos sacuden algo más que edificios: ponen a prueba la fortaleza de las instituciones encargadas de proteger a la sociedad.

La naturaleza no distingue entre democracias y autoritarismos ni entre gobiernos de izquierda o de derecha. Un terremoto libera la misma energía sin importar quién ocupe el poder. Lo que sí cambia de un país a otro es la capacidad para proteger a su población antes, durante y después de la tragedia.

Por eso, cada desastre termina convirtiéndose en un examen sobre la organización de un Estado.

Los códigos de construcción, los sistemas de alerta temprana, la protección civil, los hospitales, las redes de comunicación, los cuerpos de rescate y la coordinación entre los distintos niveles de gobierno rara vez ocupan las primeras planas. Su relevancia es silenciosa.

Son estructuras técnicas, discretas y, para muchos políticos, poco rentables desde el punto de vista electoral. Pero cuando la tierra tiembla, son precisamente esas instituciones invisibles las que sostienen un país.

La historia demuestra que los Estados comienzan a debilitarse cuando el conocimiento técnico cede terreno a la lealtad política, cuando los organismos especializados pierden autonomía, cuando el mantenimiento de la infraestructura se posterga y cuando las decisiones públicas privilegian el impacto inmediato sobre la planeación de largo plazo.

Durante años ese deterioro puede pasar inadvertido: un puente sigue en pie, un hospital continúa funcionando y los equipos de emergencia hacen su trabajo. Pero las instituciones también se desgastan. La diferencia aparece cuando llega una crisis.

Las instituciones son la memoria técnica de un país. Conservan el conocimiento acumulado de generaciones para responder a crisis que ningún gobierno puede improvisar. Desmantelarlas rara vez produce efectos inmediatos; sus consecuencias suelen aparecer el día en que más se necesitan.

Japón ofrece un contraste revelador. Con un territorio dos veces y media menor que el de Venezuela y una población superior a los 120 millones de habitantes –más de cuatro veces la venezolana–, en principio, debería ser mucho más vulnerable cada vez que la tierra tiembla.

Sin embargo, décadas de inversión en ingeniería, estrictos códigos de construcción, sistemas de alerta temprana y una institucionalidad sólida han logrado reducir drásticamente el impacto de terremotos que, en otras circunstancias, serían devastadores. La geografía determina dónde ocurren los terremotos; las instituciones ayudan a determinar cuántas personas sobreviven a ellos.

Venezuela representa la cara opuesta. Años de crisis económica, deterioro institucional y emigración de miles de profesionales han reducido la capacidad del Estado para responder a las emergencias. El reciente sismo recuerda que la protección de la población no puede improvisarse cuando la tierra empieza a moverse; es el resultado de muchos años de inversión, profesionalización del servicio público y fortalecimiento de las instituciones.

Las sociedades suelen valorar sus instituciones cuando dejan de tenerlas. Mientras todo funciona, un reglamento de construcción, un sistema de monitoreo sísmico o una oficina de protección civil parecen simples gastos administrativos. Cuando el sismo –y sus réplicas– llega a su fin, descubrimos que eran el cimiento invisible sobre el que descansaba nuestra seguridad.

Los terremotos son inevitables. Lo que no es inevitable es que se conviertan en tragedias de grandes proporciones. Esa diferencia no suele decidirla la naturaleza, sino la fortaleza de las instituciones que una sociedad fue construyendo mucho antes de que la tierra comenzara a temblar bajo nuestros pies.

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