La reputación de un líder no se construye únicamente con resultados; también con la capacidad de traducir la complejidad en significados que dan sentido y rumbo a cada una de sus audiencias.
Por Uriel Naum Avila, CEO de AtomiCC Comunicación Creativa
Recuerdo una conversación con un director general que estaba al frente de una de las transformaciones más importantes de su organización.
Sobre la mesa había cifras impresionantes. Millones de pesos en inversión tecnológica, nuevos procesos, automatización, Inteligencia Artificial… Todo sonaba sólido. Todo parecía correcto.
Sin embargo, algo no terminaba de encajar. Mientras hablábamos sobre los avances del proyecto, me confesó que la resistencia interna seguía creciendo. Los equipos estaban inquietos. Los rumores avanzaban más rápido que los comunicados.
Y, aunque la empresa había explicado una y otra vez los beneficios del cambio, la gente seguía haciendo la misma pregunta: “¿Y todo esto qué significa para nosotros?”.
Aquella tarde entendí algo que he visto repetirse una y otra vez en organizaciones de todos los tamaños. El problema es que muchas veces los líderes presentan datos cuando las personas necesitan contexto y entender cómo les impactará una decisión. Comunican acciones cuando las audiencias buscan significado.
Explican el qué. Pero olvidan narrar el por qué.
Semanas después me encontré con un caso distinto. Una alta directiva asumía la conducción de una organización que atravesaba una etapa compleja. Los indicadores habían perdido dinamismo, la cultura interna mostraba fracturas y el mercado exigía una evolución acelerada.
Durante sus primeras semanas no comenzó hablando de objetivos financieros. Tampoco presentó una batería de indicadores de desempeño. Comenzó escuchando.
Se reunió con colaboradores de distintas generaciones, conversó con clientes históricos y buscó comprender cuáles habían sido los momentos que definieron la identidad de la organización.
Cuando llegó el momento de presentar la nueva visión, no mostró una larga lista de proyectos. Contó una historia. La historia de una empresa que había logrado construir confianza durante décadas y que ahora necesitaba reinventarse para seguir siendo relevante.
Cuando las personas encuentran sentido, la resistencia disminuye y el compromiso aumenta. Por eso me parece que hemos malinterpretado durante años el concepto de storytelling en el liderazgo.
Muchos creen que se trata de desarrollar habilidades de oratoria, aprender a hablar frente a una cámara o dominar las técnicas de una buena presentación. No es eso. Los líderes con mejor reputación no son quienes cuentan más historias. Son quienes entienden qué historia necesita escuchar cada audiencia.
Porque un inversionista quiere entender la creación de valor. Un colaborador necesita visualizar su lugar en el futuro. Un cliente busca confianza. Un medio de comunicación busca contexto. Una comunidad espera conocer el impacto. Y aunque el propósito debe mantenerse intacto, la narrativa necesita adaptarse.
Esa es la diferencia entre comunicar y comunicar estratégicamente. Los grandes líderes son, en realidad, traductores. Toman una visión compleja y la convierten en un relato comprensible para públicos distintos. Le ponen nombre a la incertidumbre. Le dan forma al cambio. Hasta lo “bautizan” con un nombre. Conectan decisiones con significado.
Existe un método detrás de los líderes que construyen reputación a través de la narrativa. Primero entienden qué percepción desean fortalecer. Después identifican cuáles son las audiencias que más influyen en su legitimidad. Escuchan sus preocupaciones, expectativas y aspiraciones. Y solo entonces construyen mensajes que realmente importan a cada grupo de interés.
Quizá por eso los líderes que dejan huella rara vez son recordados por un indicador o por una presentación de PowerPoint. Son recordados porque, en momentos de incertidumbre, ayudaron a otros a entender lo que estaba ocurriendo.
Y en una época saturada de información, donde todos hablan y pocos conectan, quizá una de las mayores ventajas reputacionales para un líder siga siendo la misma de siempre: Saber contar una historia que merezca ser seguida y, de esta forma, movilizar a esas personas hacia donde se desea; llevarlas de un punto A, a un punto B.
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