Por: Pep Torres
La historia de Sam Adams empieza, como corresponde, con un desastre.
En la empresa de tintes químicos donde trabajaba, un polvo se acumulaba en el suelo y hacía estornudar a la gente. Para un pensador lineal, aquello era un pequeño problema operativo: alguien tenía que limpiarlo. Para el jefe aquello era una molestia. Un coste.
Adams vio otra cosa.
Se ofreció a limpiar cada día el suelo de la empresa al finalizar su jornada laboral. Se llevó el polvo a casa, lo empaquetó y lo vendió como una broma: polvos para estornudar. Lo que la fábrica trataba como un molesto residuo se convirtió en producto. Lo que el jefe estaba encantado de que alguien retirara se convirtió en un negocio espectacular. Le puso de nombre “Cachoo” y vendió más de 150.000 unidades en el primer año. En 1908 Adams acabaría fundando S.S. Adams Co., una de las compañías más importantes de artículos de broma en Estados Unidos.
Esta es la diferencia entre pensamiento lineal y Pensamiento Diferencial.
El pensamiento lineal separa el mundo en categorías fijas: los problemas son problemas, las oportunidades son oportunidades, los residuos son residuos, el valor es valor.
Pero el mundo no llega ya etiquetado. Para el Pensamiento Diferencial, un problema solo se convierte en problema cuando decides mirarlo como tal. Antes de la interpretación, todavía no es nada. Puede ser un coste, una señal, una broma, un producto, un mercado, una historia.
La mayoría de las empresas están llenas de este material sin reclamar: quejas, fricciones, prototipos fallidos, clientes incómodos, comportamientos extraños. Las organizaciones lineales intentan eliminarlo. Las organizaciones diferenciales se preguntan qué podría llegar a ser.
Por eso el pensamiento lineal está matando a las empresas. No porque sea estúpido, sino porque se apresura demasiado a ordenar el desastre. Y muy a menudo en el desastre es, precisamente, donde se esconden las oportunidades del futuro.