Contenido
Por Manuel Herrejón Suárez
Las economías demuestran su verdadera fortaleza cuando el mercado deja de expandirse. Mientras el comercio internacional mantiene una trayectoria ascendente, prácticamente todos encuentran oportunidades para crecer. El verdadero examen aparece cuando la actividad comienza a desacelerarse, las cadenas de suministro se vuelven más selectivas y las empresas revisan con mayor rigor dónde producir, a quién comprar y en qué países vale la pena seguir invirtiendo.
Creo que ese es el contexto en el que deben leerse las cifras más recientes del comercio exterior de Estados Unidos.
Durante el primer semestre del año, tanto las exportaciones como las importaciones estadounidenses mostraron una disminución respecto a meses previos, reflejando un entorno de menor dinamismo para el comercio internacional. Sin embargo, entre todos esos datos existe uno que me parece mucho más relevante que la propia desaceleración. A pesar de ese escenario, México conservó su posición como el principal socio comercial de Estados Unidos, concentrando alrededor del 16.5% de su intercambio total de mercancías. En otras palabras, el volumen del mercado comenzó a moderarse, pero la posición estratégica de México permaneció prácticamente intacta.
Considero que esa diferencia merece una reflexión más profunda.
Con frecuencia confundimos crecimiento con competitividad. No son la misma cosa. Una economía puede aumentar sus exportaciones porque el mercado completo está creciendo, porque existe mayor liquidez internacional o porque el consumo atraviesa un buen momento. Mantener esa posición cuando el entorno cambia exige algo completamente distinto. Exige productividad, integración industrial, infraestructura, capacidad logística, talento especializado y ventajas que no puedan sustituirse con facilidad.
Desde la lógica de quien administra inversiones, ésa es una señal mucho más valiosa.
Los mercados financieros saben que las etapas de expansión terminan. También saben que los ciclos económicos modifican los flujos comerciales, el consumo y la inversión. Precisamente por eso, cuando analizan un país no buscan únicamente quién está creciendo más rápido; buscan identificar quién será capaz de conservar su relevancia cuando las condiciones dejen de ser favorables.
México parece estar atravesando esa prueba.
Buena parte de la explicación se encuentra en la evolución que ha tenido la relación productiva con Estados Unidos. Durante muchos años hablamos de exportaciones mexicanas como si se tratara únicamente de mercancías que cruzaban una frontera para venderse en otro mercado. Hoy esa descripción resulta insuficiente. En sectores como el automotriz, el electrónico, el aeroespacial y el de dispositivos médicos, ambos países participan en procesos industriales profundamente integrados. Componentes, procesos, tecnología y capital cruzan la frontera varias veces antes de convertirse en un producto terminado.
Cuando una cadena productiva alcanza ese nivel de integración, sustituirla deja de ser una decisión sencilla.
No basta con encontrar otro proveedor o trasladar una planta de producción. Significa desarrollar nuevos ecosistemas industriales, formar talento especializado, construir infraestructura, reorganizar procesos logísticos y asumir costos que pocas empresas están dispuestas a absorber sin una razón económica contundente. Ésa es una de las razones por las que, incluso en un entorno de menor dinamismo comercial, México continúa ocupando una posición estratégica dentro del intercambio con la economía más grande del mundo.
Eso no significa que el país pueda darse por satisfecho.
Desde mi perspectiva, uno de los mayores riesgos consiste precisamente en asumir que las ventajas competitivas son permanentes. Ninguna economía conserva su liderazgo por inercia.
La competitividad requiere inversión constante en infraestructura, energía suficiente, innovación, formación de talento, certeza jurídica y políticas públicas capaces de acompañar la evolución de la industria global. Lo que hoy representa una ventaja puede perderse con relativa rapidez si deja de fortalecerse.
Creo que las inversiones a largo plazo rara vez reaccionan al ruido cotidiano. Los grandes fondos y las empresas multinacionales entienden que los ciclos económicos son inevitables. Lo que realmente condiciona sus decisiones es la capacidad que tiene un país para seguir siendo competitivo cuando el entorno deja de ser favorable.
Por eso considero que las cifras recientes del comercio estadounidense dejan una enseñanza mucho más amplia que una simple disminución en exportaciones e importaciones. Nos recuerdan que las economías verdaderamente sólidas no son aquellas que aprovechan únicamente los periodos de expansión. Son las que consiguen preservar su lugar cuando el mercado comienza a desacelerarse.
Ésa es la diferencia entre participar en el comercio internacional y convertirse en una pieza difícil de reemplazar dentro de la economía global. Y cuando el mercado empieza a enfriarse, esa diferencia adquiere mucho más valor que cualquier récord alcanzado durante los años de mayor crecimiento.
Manuel Herrejón Suárez (síguelo en X como @ManuelHerrejonS) es un empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y mercado cambiario, especialista en gestión de proyectos en el sector financiero. Es Licenciado en Derecho por la Universidad del Valle de México y Maestro en dirección de empresas para ejecutivos por el IPADE.