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PISA 2025: el conocimiento no basta, pero sigue siendo indispensable

por Pluma Ejecutiva Invitada
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Por Sasha Klainer

Sasha Klainer es director general del Colegio Bilbao, en la Ciudad de México, y especialista en innovación educativa y formación integral. Es además, profesor de Derecho y ha desempeñado cargos directivos en la Secretaría de Salud federal. (LinkedIn: @Sasha Klainer)

PISA 2025 no deja espacio para la complacencia. A los 15 años, demasiados estudiantes mexicanos llegan sin dominar herramientas intelectuales que deberían acompañarlos toda la vida. México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, muy por debajo de los 463, 461 y 482 puntos del promedio de la OCDE.

El dato más inquietante no es el lugar en la tabla: el 41.8 por ciento de los jóvenes evaluados quedó por debajo del nivel mínimo en las tres áreas al mismo tiempo, contra el 19.7 por ciento en la OCDE. Y apenas el 0.5 por ciento alcanzó niveles superiores en al menos una, frente al 11.9 por ciento de la OCDE. Tenemos un piso demasiado bajo y casi ningún techo.
Digámoslo sin rodeos: comprender un texto, razonar matemáticamente o interpretar evidencia científica no son habilidades escolares decorativas. Son herramientas básicas para trabajar, detectar un engaño, entender un contrato o saber cuándo una respuesta de inteligencia artificial no tiene sentido.

Por eso sería un error convertir PISA en disputa ideológica: tan equivocado es descalificar la prueba porque incomoda como suponer que la calidad educativa cabe completa en un puntaje. Durante años construimos una falsa disyuntiva —conocimientos o competencias, matemáticas o creatividad, rigor académico o desarrollo humano— que PISA 2025 ayuda a desmontar.
Por primera vez, la evaluación midió resolución de problemas mediante herramientas computacionales. México obtuvo 453 puntos frente a 500 de la OCDE. El dato desarma a ambos lados del debate: no solo tenemos dificultades con el saber; también con el hacer.

Nadie piensa críticamente sobre un texto que no comprende. Nadie interpreta datos si carece de razonamiento matemático. Nadie utiliza inteligencia artificial con criterio si no sabe suficiente para distinguir una respuesta sólida de una alucinación convincente.

La información está a un clic. El criterio no.

Nada de esto reduce la educación a contenidos, exámenes y promedios. PISA sigue sin medir integridad, empatía, liderazgo, resiliencia, colaboración, vocación, sentido ético ni propósito. Una prueba estandarizada puede mostrarnos una parte decisiva del problema, pero nunca a la persona completa.

Tampoco debemos olvidar a quienes ni siquiera aparecen en la fotografía. Los 7,843 estudiantes evaluados representan alrededor del 69 por ciento de la población mexicana de 15 años; el 31 por ciento restante no aparece en ninguna gráfica. En la discusión sobre calidad educativa también debemos preguntarnos: ¿quién permanece en la escuela y quién quedó fuera?

El contexto mundial no ofrece consuelo. Entre 2022 y 2025, el promedio de la OCDE cayó 14 puntos en lectura y nueve en matemáticas. En la era de la inmediatez crecemos rodeados de pantallas, estímulos breves e información fragmentada. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento y nada garantiza que lo comprendamos mejor.

En México, los estudiantes reportaron 1.5 horas diarias de uso digital escolar para aprender y 1.2 horas para entretenimiento dentro de la escuela. Solo el 27 por ciento asiste a planteles donde el celular está prohibido. El problema ya no es simplemente tener tecnología, sino quién gobierna la atención.

Lo he dicho: las empresas no contratan promedios. Buscan comunicación, adaptabilidad, pensamiento crítico, colaboración y capacidad de aprender. Pero trascender el promedio no significa prescindir del conocimiento: ninguna empresa contratará a quien no entiende un documento ni puede explicar una idea con claridad.

El conocimiento no basta. Pero pasar de ahí a decir que no importa es un error peligroso. Un cimiento no es todavía una casa; y una casa sin cimiento no es una casa: es una escenografía. Por ello insisto en ampliar los verbos de la educación: saber, hacer y ser.
Saber es construir fundamentos intelectuales sólidos. Hacer es convertirlos en capacidad para resolver, investigar, crear y colaborar. Ser es desarrollar carácter, responsabilidad, integridad, autonomía y propósito. Ninguno sustituye a los otros.

La clave no es preparar más para PISA ni conformarse con un mejor puntaje. Si todo se reduce a simuladores, guías y ejercicios mecánicos, subiremos un indicador sin transformar la educación. La pregunta incómoda es otra: qué ocurre durante nueve o diez años en las aulas para que tantos jóvenes lleguen a los 15 sin alcanzar los mínimos.

PISA 2025 debería comprometernos a recuperar la lectura profunda, a enseñar matemáticas como lenguaje para comprender el mundo y a devolver a la ciencia su capacidad de enseñar a preguntar, comprobar y distinguir evidencia de ocurrencia. También exige ambientes donde equivocarse sea parte del proceso y discutir con razones valga más que repetir respuestas o memorizar sin comprender.

Y hay que medir, aunque incomode. En México se han suprimido las principales evaluaciones nacionales de aprendizaje. Sin información sistemática y pública, terminamos esperando una medición internacional cada tres años para dimensionar avances o retrocesos. Se trata de medir mejor, no de medir menos. Construir indicadores del hacer y del ser es difícil, y por eso mismo es la tarea: lo que no se mide no se atiende.

El humanismo educativo no es lo contrario del rigor. Es su finalidad.

El nuevo estándar educativo ya no cabe en un promedio. PISA 2025 no debilita esa idea: la hace más urgente. Que no nos conformemos con estudiantes que aprueban un examen es legítimo; que amplíen sus alcances sin fundamentos intelectuales completos es imposible.

El futuro exige saber, hacer y ser. Cuando falla cualquiera de los tres, la educación queda incompleta.

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