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La violencia escolar: una señal de alerta para construir entornos de paz

por Mundo Ejecutivo
La violencia escolar: una señal de alerta para construir entornos de paz

Por Maripina Menéndez, Presidenta Ejecutiva de Fundación Medita México.

Una burla repetida, la exclusión deliberada o un mensaje hiriente pueden transformar la escuela en un espacio de miedo. Para quien los vive, estos actos pueden afectar su confianza, su bienestar y su manera de relacionarse con los demás.

Aunque estas conductas suelen considerarse conflictos propios de la convivencia entre estudiantes, sus consecuencias pueden trascender las aulas y afectar la salud emocional, la seguridad y el desarrollo de quienes los experimentan

En la Ciudad de México, los reportes de violencia escolar recibidos por el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia aumentaron 71% entre enero y septiembre de 2026, en comparación con el mismo periodo de 2025: pasaron de 374 a 638 solicitudes de ayuda.

Si bien este incremento también puede relacionarse con una mayor visibilización del problema y con la confianza para denunciar, estas cifras revelan la necesidad de fortalecer los mecanismos de prevención y atención.

La problemática se concentra especialmente en la educación secundaria, etapa que reúne 46% de los tres mil reportes recibidos por el organismo desde 2019. No es un dato menor. Durante la transición de la niñez a la adolescencia, la necesidad de pertenencia, aceptación y reconocimiento puede intensificarse, mientras se construyen la identidad y las habilidades para relacionarse con los demás. En este contexto, la presión social, la dificultad para gestionar emociones y la falta de herramientas para resolver conflictos pueden favorecer dinámicas de agresión.

Las formas de violencia también muestran la complejidad del fenómeno. De acuerdo con los registros del Consejo, las agresiones físicas representan 33% de los casos; las verbales, 27%; las cibernéticas, 16%; las psicológicas, 10%; las sexuales, 8%, y la exclusión social, 6%. Esto demuestra que la violencia no siempre es visible y que puede manifestarse mediante conductas que, cuando se repiten o se minimizan, terminan por normalizar el maltrato.

El entorno digital ha ampliado este desafío. Una broma, una fotografía o un comentario compartido en una plataforma pueden prolongar la agresión fuera del horario escolar y trasladarla hasta los hogares. Además, la violencia no afecta únicamente a estudiantes: los registros también identifican agresiones contra docentes por parte del alumnado, principalmente cibernéticas, que representan 71% de los casos reportados en esta categoría. La escuela, por tanto, necesita ser un espacio seguro para todas las personas que forman parte de su comunidad.

Otro aspecto relevante es quién solicita ayuda. Entre 2025 y 2026, el Consejo recibió mil 173 reportes: 54% fueron realizados por madres y padres de familia, 34% por estudiantes, 8% por otros familiares y 3% por personal docente. Estas cifras muestran que la prevención requiere involucrar a toda la comunidad educativa, pero también generar condiciones para que quienes viven o presencian la violencia puedan hablar, reconocerla y pedir apoyo oportunamente.

Frente a esta realidad, no basta con reaccionar cuando el conflicto ya escaló. Es necesario desarrollar habilidades socioemocionales desde la infancia: empatía, autorregulación, comunicación transparente y resolución pacífica de conflictos. Aprender a identificar lo que sentimos, expresar el desacuerdo sin agredir y reconocer el impacto de nuestras acciones son capacidades esenciales para construir relaciones basadas en el respeto.

La atención también debe superar las respuestas improvisadas. Un consejo, un regaño o una muestra de afecto pueden ser importantes, pero no sustituyen la orientación profesional cuando existen conductas persistentes de violencia. Es fundamental que las familias y las escuelas sepan identificar cuándo necesitan acompañamiento especializado, tanto para proteger a quien sufre las agresiones como para intervenir con quienes las ejercen. Prevenir también significa comprender las causas de estas conductas y evitar que se reproduzcan.

En este proceso, la presencia de madres, padres y tutores es indispensable. Acompañar no consiste únicamente en supervisar el desempeño escolar, sino en mantener una disposición genuina para escuchar, reconocer cambios de comportamiento y generar confianza. El aislamiento, las lesiones sin explicación, la pérdida de interés en la escuela o las alteraciones en el sueño y el apetito son señales que requieren atención. Del mismo modo, las amenazas, las intimidaciones y las confrontaciones recurrentes entre estudiantes deben ser atendidas por el personal educativo y de ser posible, por especialistas..

La violencia escolar no es un asunto que corresponda resolver exclusivamente a las escuelas. Es un reflejo de las formas en que aprendemos a relacionarnos y de los entornos que construimos dentro y fuera de ellas. Las familias, las instituciones educativas y la sociedad tenemos la responsabilidad de dejar de normalizar las agresiones y desarrollar herramientas para prevenirlas y atenderlas

Construir una cultura de paz implica mucho más que evitar los enfrentamientos: implica desarrollar patrones de crianza con ternura y aprender a reconocer y valorar las emociones, respetar las diferencias, establecer límites sanos y resolver los conflictos sin vulnerar la dignidad de los demás. La prevención comienza cuando dejamos de considerar la violencia como parte natural del crecimiento y asumimos que convivir desde el reconocimiento y el afecto también es una habilidad que debemos aprender, practicar y fortalecer todos los días.

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