La brecha arancelaria entre México y China en el acceso al mercado de Estados Unidos se amplió de manera significativa durante el último año, configurando un escenario favorable para las exportaciones mexicanas. Sin embargo, para el analista financiero Manuel Herrejón Suárez, este diferencial no debe interpretarse como una victoria definitiva, sino como una coyuntura estratégica que exige visión de largo plazo.
De acuerdo con cifras oficiales de comercio exterior, las exportaciones mexicanas enfrentan un arancel promedio de 4.18% en su ingreso a Estados Unidos, mientras que los productos chinos pagan alrededor de 30.93%. Hace apenas un año, la diferencia no superaba los 12 puntos porcentuales; hoy prácticamente se ha duplicado.
El incremento en esta brecha ocurre en un contexto de tensiones comerciales persistentes entre Washington y Pekín, así como de una política industrial estadounidense orientada a reconfigurar cadenas de suministro estratégicas. Para Herrejón, el fenómeno es reflejo de un reordenamiento estructural del comercio global más que de un beneficio coyuntural aislado.
“La lectura simplista sería asumir que pagar menos arancel automáticamente nos hace más competitivos. Eso es incompleto”, señala el especialista. “El arancel facilita el acceso, pero no sustituye productividad, innovación ni sofisticación industrial”.
Manuel Herrejón advierte que la ventaja arancelaria puede traducirse en mayores flujos comerciales solo si México logra insertarse en segmentos de mayor valor agregado. De lo contrario, el país corre el riesgo de consolidarse únicamente como plataforma de ensamblaje, replicando esquemas de bajo contenido tecnológico que históricamente han limitado el crecimiento del ingreso y la productividad.
El entorno, además, no es estático. La política arancelaria estadounidense responde a factores geopolíticos y a decisiones de política interna que pueden modificarse con rapidez. En ese sentido, depender exclusivamente del diferencial frente a China sería, en palabras de Herrejón, “una estrategia frágil si no se acompaña de políticas domésticas sólidas”.
Además, Herrejón Suárez subraya que la ventaja competitiva sostenible no proviene únicamente de condiciones externas favorables, sino de la capacidad interna para fortalecer infraestructura logística, capital humano especializado y cumplimiento de reglas de origen bajo el T-MEC.
En paralelo, México también ha implementado medidas arancelarias propias. El gobierno federal elevó gravámenes a mil 463 fracciones arancelarias provenientes de países con los que no mantiene tratados comerciales, con tasas que oscilan entre 5% y 50%. La medida, explica Herrejón, tiene efectos mixtos: protege sectores locales, pero puede encarecer insumos estratégicos para industrias que operan dentro de cadenas globales de valor.
“El reto es evitar que la protección termine afectando la competitividad exportadora”, apunta. “Muchas industrias dependen de insumos importados para cumplir con estándares internacionales. Si esos insumos se encarecen, el diferencial arancelario frente a China pierde parte de su efecto”.
En materia de inversión extranjera, la ampliación de la brecha arancelaria podría influir en decisiones corporativas orientadas a relocalizar operaciones productivas. La proximidad geográfica con Estados Unidos, la red de tratados comerciales de México, incluido el T-MEC y el acuerdo con la Unión Europea, y la menor carga arancelaria frente a China conforman un paquete atractivo.
No obstante, Herrejón advierte que la competencia por capital productivo no se gana exclusivamente con ventajas arancelarias. Factores como certidumbre regulatoria, seguridad jurídica, disponibilidad de energía competitiva y estabilidad macroeconómica son determinantes para proyectos de largo plazo.
“El capital extranjero evalúa horizontes de diez o quince años, no coyunturas de un ciclo político”, señala.
El analista considera que la duplicación de la ventaja arancelaria representa una oportunidad estratégica para que México transite hacia una estructura productiva más compleja. Esto implica fortalecer la formación técnica y universitaria, incentivar la innovación y consolidar capacidades industriales especializadas que permitan capturar mayor valor dentro de las cadenas regionales.
En ese sentido, sostiene que el país debe evitar el “error de las maquiladoras”, entendido como la dependencia excesiva de mano de obra relativamente barata como principal atractivo competitivo. La ventaja actual, afirma, puede ser el punto de partida para reposicionar a México como nodo relevante en sectores estratégicos del siglo XXI, desde manufacturas avanzadas hasta industrias vinculadas a la transición energética.
Para Herrejón, el momento exige estrategia más que celebración.
“La duplicación de la brecha arancelaria es relevante, pero no es un destino. Es una ventana de oportunidad. Si la utilizamos para elevar el contenido tecnológico de nuestras exportaciones y fortalecer nuestra base industrial, puede convertirse en desarrollo sostenible. Si no, será solo un episodio coyuntural en un entorno global altamente volátil”.
El diferencial frente a China, concluye, es viento a favor. Convertirlo en crecimiento estructural dependerá de la capacidad de México para traducir condiciones externas favorables en políticas internas coherentes y de largo alcance.