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Con el anuncio de la presidenta Claudia Sheinbaum respecto a analizar métodos de fracking que sean sustentables y con mínimos impactos ambientales, la mandataria ha puesto el tema en el centro del debate energético, identificándose por lo menos cuatro discusiones: la política, la ambiental, la tecnológica y la económica.
En lo primero, no hay ningún impedimento legal para la fracturación hidráulica, solamente faltaba la decisión política de Sheinbaum de diferenciarse de la postura en contra por parte de su antecesor. La oposición lo aplaude, sin perder la oportunidad de querer sembrar discordia entre la presidenta y López Obrador, esperando se extienda a Morena. La realidad es que la única ruptura que habrá será la de las rocas para extraer hidrocarburos.
Como expresdiente, AMLO solo ha hecho pronunciamientos excepcionales y no injerencistas a la actual administración, poco probable pero podría suceder que en algún momento rompa con Sheinbaum, pero no será por el fracking, al cual se oponía más por ignorancia y hacerse de simpatías que por ambientalista, lo cual quedó claro que no lo es.
Por otra parte, acertadamente, la presidenta justificó el uso del fracking en la narrativa de la soberanía energética. No es para menos, puesto que importamos de Estados Unidos el 75% del gas natural -la mayor parte extraido en Texas por fracturación-, siendo que se tienen reservas estimadas en 83 billones de pies cúbicos en gas convencional, y 141 billones en recursos no convencionales, es decir, estos últimos, los que se obtendrían por fracking.
Lograr extraerlo representaría una verdadera revolución energética en México similar a la que permitió a Estados Unidos volverse autosuficiente en hidrocarburos y el principal exportador de gas natural.
En cuanto a lo ambiental, y ligado a lo tecnológico, las organizaciones ambientalistas se oponen al fracking de cualquier tipo, cerrando la puerta a aceptar las conclusiones del comité científico que ordenó conformar Sheinbaum. En este tema hay dos realidades: primero, existen técnicas y tecnologías de fracking que pueden utilizar agua salada y con químicos biodegradables, la presidenta seguro lo sabe, el comité solo cumplirá con avalar la decisión bajo estos criterios.
En segundo lugar, cualquier actividad económica implica una intervención del medio ambiente, lo que se tiene que hacer es prever riesgos, reducir, mitigar y/o compensar efectos para reducir al máximo los impactos ambientales. La única manera de impedirlos en su totalidad es no hacer nada y seguir importando el gas lo cual, como dice la presidenta, sería una irresponsabilidad.
Lo que va a seguir en unos meses es la parte más complicada y que, si no se aterriza en acciones concretas, será un fracaso para la política energética. La extracción de hidrocarburos implica inversiones de largo plazo, de 10 a 15 años y, de acuerdo al experto Ramsés Pech, inversiones anuales de entre 35 y 45 mil millones de dólares en los próximos diez años, y tener entre 100 y 140 equipos para perforar de 3,000 y 3,500 pozos anualmente. Lo anterior en el escenario ideal para reducir la dependencia del gas estadounidense, cuya producción es muy barata, y con el cual se competiría, lo cual puede no gustarle a los vecinos.
Pero volviendo a lo fundamental, la inversión, el gobierno reconoce que no tiene ni la tecnología ni el capital para invertir, por lo que buscarán contratos mixtos. Pero deberá ofrecer algo más que los esquemas que han presentado hasta ahora. Los inversionistas requieren certidumbre de largo plazo -no reformas energéticas sexenales-, seguridad física, facilidades y reglas claras. De lo contrario, preferirán esperar a mejores escenarios. El gas seguirá ahí y ellos están acostumbrados a pensar en largo plazo.
Humo al estilo Trump
Justo cuando los ecos de las detonaciones en el Golfo Pérsico comienzan a ceder ante un frágil alto el fuego, la Casa Blanca ha decidido desempolvar un fantasma que parece perseguirlos con más tenacidad que cualquier enemigo geopolítico: Jeffrey Epstein.
La reciente e inesperada comparecencia de la Primera Dama, Melania Trump, para desvincularse de la red del fallecido financiero no es solo un ejercicio de “aclaración” personal; es una maniobra de distracción táctica ejecutada con la precisión de un ataque con drones.
Resulta difícil creer en la espontaneidad de estas declaraciones en medio de una crisis internacional con Irán. Mientras el mundo observa con escepticismo el “triunfo total” proclamado por la administración en Oriente Medio y los precios del petróleo fluctúan ante el cierre parcial del Estrecho de Ormuz, la familia presidencial opta por hablar de fiestas en Palm Beach y correos electrónicos “triviales” con Ghislaine Maxwell.
La lógica es cínica pero efectiva: es preferible que la prensa discuta sobre viejas fotografías de la vida social neoyorquina que sobre las lagunas estratégicas de una guerra que muchos consideran inconclusa. Al personificar el ataque en la figura de la Primera Dama, quien suele mantenerse al margen del fango político, la estrategia busca apelar a la victimización y al “honor familiar”, desviando el escrutinio sobre la gestión bélica y la reciente destitución de la Fiscal General Pam Bondi.
El deslinde de Melania Trump, aunque categórico en sus formas, deja un sabor amargo de hipocresía política. Afirmar que “el pasado debe quedar atrás” mientras se exige al Congreso que abra audiencias para las víctimas de Epstein es una contradicción flagrante ¿Cómo puede la familia presidencial pedir transparencia para los demás mientras la administración ha luchado por retener tramos clave de los “Archivos Epstein” bajo el pretexto de la seguridad nacional?
No es secreto que Donald Trump atraviesa uno de sus momentos de mayor impopularidad mediática. El desgaste de la guerra con Irán y las acusaciones de autoritarismo tras el despido de Bondi han dejado a la Casa Blanca en una posición defensiva. En este escenario, el “caso Epstein” funciona como un ruido controlado. Prefieren controlar la narrativa de un escándalo personal que ya han capeado antes, a permitir que la opinión pública se concentre en el costo humano y económico de su política exterior.
La maniobra del jueves pasado no es un acto de valentía ni de transparencia; es una retirada estratégica hacia el terreno del escándalo familiar para evitar el juicio de la historia sobre el campo de batalla.
El nuevo mapa del comercio mundial
Durante décadas, el comercio global funcionó como un sistema prácticamente perfecto: producir donde fuera más barato, sin importar distancias ni fronteras. Ese modelo empieza a resquebrajarse.
La pandemia de Covid-19 rompió las redes de abastecimiento y aceleró la relocalización de capitales hacia regiones más cercanas, un fenómeno conocido como nearshoring. A esto se sumó el giro político en varias potencias, con el regreso de políticas proteccionistas que cuestionaron los principios del libre comercio.
Hoy, la eficiencia está dejando de ser el principio básico en el intercambio de mercancías para dar lugar a la confianza. O más precisamente, a la desconfianza. Lo que antes era una red global relativamente abierta comienza a fragmentarse en bloques cada vez más definidos, donde la geopolítica pesa más que la economía.
Sectores estratégicos como los semiconductores, la energía o las telecomunicaciones han dejado de ser considerados simples mercancías. Se han convertido en piezas de seguridad nacional. Los gobiernos ya no permiten que el mercado decida por sí solo: intervienen, restringen, subsidian, vetan. El comercio sin necesidad de guerra, empieza a adquirir una lógica casi militar.
Estados Unidos, Europa y China están invirtiendo miles de millones para atraer fábricas, proteger industrias clave y reducir dependencias externas. Producir dentro del propio bloque, aunque resulte más caro, se ha vuelto una decisión estratégica. La eficiencia cede terreno frente al miedo.
Paralelamente, las cadenas de suministro se rediseñan bajo un nuevo criterio: la afinidad política. El llamado friendshoring –producir en países aliados– está sustituyendo gradualmente a la globalización indiscriminada –esa que hizo crecer a China a niveles nunca antes vistos–. No se trata solo de cercanía geográfica, sino de confianza geopolítica. El resultado es un mapa económico menos integrado, pero más alineado en términos políticos.
Las consecuencias ya son visibles. Los costos aumentan, las cadenas se duplican, el comercio se vuelve más lento y complejo. Pero, sobre todo, el sistema pierde una de sus características centrales: la interdependencia. Y con ello, también se debilita uno de los pilares de la globalización: que el comercio acercaría a los países y reduciría los conflictos.
En su lugar, emerge un escenario distinto: un mundo donde el comercio no conecta, sino que separa. Donde las relaciones económicas reflejan alianzas políticas más que ventajas competitivas. Donde los flujos de bienes y tecnología se convierten en un instrumento de poder.
Para países intermedios como México, esta transformación abre oportunidades evidentes. La relocalización de empresas, el acceso preferencial y la integración a la economía estadounidense a través del T-MEC pueden traducirse en crecimiento. Pero también implica una inserción más condicionada: formar parte de un bloque significa, inevitablemente, asumir tensiones y sus límites.
No es que la globalización haya dejado de existir. Pero ya dejó de ser neutral.
El comercio mundial ya no busca únicamente eficiencia. Busca certeza, control, alineación. Y en ese tránsito, está dejando atrás la idea de un mercado global integrado para dar paso a algo más fragmentado: un sistema de bloques donde la economía y la geopolítica se vuelven hermanos siameses.
Lentamente el ciclo de los puentes va llegando a su fin para regresar a la era de las fronteras.
Perspectivas inmobiliarias 2026
Mientras la demanda de vivienda se mantiene, impulsada en ciertas regiones por el nearshoring, el volumen de ventas y la originación de créditos se han topado con un freno estructural: los precios y la falta de nuevos proyectos.
Es por ello que quienes apuesten por la redensificación céntrica, el modelo de rentas y logren descifrar la fórmula de la vivienda asequible serán los grandes ganadores del próximo ciclo, prevé Justino Moreno, Head of Accumin Intelligence México, la multinacional de valuación inmobiliaria.
De acuerdo a un análisis de la también consultora, los puntos clave para el 2026 en Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey, son: primero, el agotamiento del inventario; segundo, los precios al alza y el crecimiento del mercado de vivienda usada y, tercero, las rentas institucionales.
En el caso de la Ciudad de México y su zona metropolitana, históricamente, entre 2016 y 2018, se iniciaban entre 120 y 150 proyectos verticales por trimestre; hoy, esa cifra ha caído a un rango de entre 45 y 60 proyectos. Al no haber suficientes proyectos nuevos, los compradores se dirigen al mercado secundario, elevando los precios de la vivienda usada. Con el incremento de los precios y el deseo de evitar trayectos de hasta 2 horas hasta los centros de trabajo, la renta se vuelve una opción factible.
Es por esto último que el modelo Multifamily (rentas institucionales) se consolidará en 2026, ya que los inquilinos valoran ahora más que nunca las facilidades, amenidades, seguridad y ubicación céntrica que ofrecen estos proyectos. En corredores prime de la CDMX, como Reforma, Condesa y Roma, estos edificios están alcanzando ocupaciones del 95%.
La buena noticia es que se proyecta una recuperación con un crecimiento del sector inmobiliario del 2.1% para el próximo año. Lo anterior motivado por la nueva política de vivienda y su ambiciosa meta de construcción; un aumento proyectado del 8.6% en el presupuesto federal para obra pública y la reactivación de naves industriales gracias al efecto continuo del nearshoring y la estabilización del comercio exterior.
Para este año, los ganadores serán los desarrollos enfocados en regiones con la mejor infraestructura, la mayor disponibilidad energética y la mejor conectividad logística. Los submercados con mejor infraestructura serán un filtro para la demanda: disponibilidad de energía, factibilidad de agua, eficiencia operativa y ubicación estratégica.
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