La reciente detención de Diego Rivera Navarro, presidente municipal de Tequila, Jalisco, el pasado 5 de febrero de 2026, ha sacudido los cimientos de la política local y alimentado una narrativa que cruza fronteras: la existencia de listas negras de funcionarios mexicanos en la mira de Washington.
La captura de Rivera Navarro, junto con sus directores de Seguridad, Catastro y Obras Públicas, no fue un evento aislado. Se dio en el marco de la “Operación Enjambre”, una ofensiva de las fuerzas federales contra redes de extorsión y corrupción de autoridades municipales presuntamente vinculadas a organizaciones criminales.
Lo que hace este caso particularmente explosivo es el trasfondo. La denuncia de empresas de alto perfil, como José Cuervo (Juan Beckman), por cobros excesivos y amenazas de clausura, sugiere que el aparato municipal se habría convertido en un brazo recaudador para el crimen organizado. Aunque la detención fue ejecutada por autoridades mexicanas, ocurre en un momento de máxima tensión donde la administración de Donald Trump ha insistido en investigar y sancionar a políticos mexicanos bajo la sospecha de colusión con el tráfico de fentanilo y otras drogas.
Es imperativo distinguir entre los procesos judiciales abiertos y el fenómeno de las “listas filtradas”. En meses recientes, han circulado diversos documentos apócrifos, como la supuesta “Lista Marco”, que mencionan a gobernadores y legisladores de diversos partidos (Morena, PAN, PRI). Aunque la Embajada de Estados Unidos ha desmentido la autenticidad de estos listados específicos, el ambiente de sospecha es real.
La detención en Tequila sirve como un “validador” para quienes creen que hay una purga en camino. Si bien Rivera Navarro enfrentaba quejas previas por apología del delito y violencia de género, su traslado al penal de máxima seguridad de “El Altiplano” envía una señal de que el caso trasciende una simple falta administrativa municipal. La pregunta no es si habrá más nombres, sino quién será el siguiente en ser alcanzado por el “enjambre”.
EU: contra el tiempo
Estados Unidos está entrando en una fase demográfica que contradice sus propios orígenes. Por primera vez desde que existen registros modernos, el crecimiento poblacional se va aproximando peligrosamente a cero, y no por una catástrofe puntual, sino por la convergencia de tendencias estructurales: una natalidad persistentemente baja, un envejecimiento acelerado y una migración foránea cada vez más restringida. En este contexto, hablar de migración negativa –o incluso una migración insuficiente– ya no se trata de un debate ideológico, sino de una discusión económica de primer orden.
De acuerdo con la Oficina del Censo de Estados Unidos, el crecimiento poblacional entre 2024 y 2025 fue de apenas 0,5%, uno de los niveles más bajos desde la Gran Depresión, excluyendo los años de pandemia. Más revelador aún: en el periodo 2022-2023, la migración fue prácticamente el único factor que evitó que la población total empezara a disminuir, ya que los nacimientos apenas compensaron las muertes.
Esto marca un quiebre histórico. Durante más de medio siglo, Estados Unidos creció por dos motores simultáneos: alta fecundidad y migración constante. Hoy, el primero se ha agotado y el segundo está asediado.
La tasa de fertilidad en la Unión Americana ronda actualmente 1,6 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo de 2,1. Paralelamente, la generación del baby boom entra masivamente en edad de retiro, incrementando la tasa de mortalidad anual. En términos demográficos puros, esto significa que sin migración suficiente, el país está condenado a estancarse y eventualmente a reducir el número de sus habitantes. De acuerdo con la Oficina de Presupuesto del Congreso, de mantenerse esta tendencia, Estados Unidos empezaría a perder población a partir de la próxima década.
Bajo este panorama, la migración no es un “extra”, sino un componente estructural del crecimiento económico. Más del 80% del incremento de la fuerza laboral en los últimos diez años provino directa o indirectamente de migrantes. Reducirlo tiene efectos inmediatos y medibles en la economía real.
Sectores como la agricultura, la construcción, la hotelería, el transporte y el cuidado de adultos mayores dependen de manera desproporcionada de trabajadores procedentes del extranjero. Cuando estos desaparecen, no son sustituidos automáticamente como erróneamente supone la narrativa política dominante.
Lo que ocurre es aún más costoso: se reduce drásticamente la producción. Menos trabajadores implica menos bienes y servicios facturados, menos consumo y, en consecuencia, menor crecimiento del PIB potencial. Esto no solo afecta a los migrantes, sino a toda la economía.
El impacto no se limita al mercado laboral. Desde el punto de vista fiscal, los migrantes suelen ser contribuyentes netos: pagan impuestos sobre ventas, renta y nómina, y durante años no utilizan un sistema de pensiones ni de salud pública en la misma proporción que la población envejecida. Cuando desaparecen, se pierden empleos complementarios y se frena la movilidad económica.
Ciertamente, el tamaño poblacional no es todo. Países envejecidos pueden sostener altos niveles de bienestar si invierten en productividad, educación y tecnología. Pero incluso modelos –como Japón o Alemania– reconocen que la migración es una herramienta clave para amortiguar el choque demográfico. Estados Unidos, con una economía basada en el consumo interno y una estructura fiscal dependiente de una base amplia de contribuyentes, es particularmente vulnerable a una migración negativa.
Erróneamente el debate migratorio se ha desconectado de la realidad económica. Mientras el discurso político se centra en control y expulsión, los datos muestran que el país necesita más trabajadores jóvenes. Estados Unidos es una nación que envejece y que ya no se reproduce a sí misma; cerrar la puerta no es señal de fortaleza, sino una torpeza que compromete su crecimiento futuro.
México no olvida a los que construyen, como Alfredo Elías Ayub
Durante su gestión al frente de la Comisión Federal de Electricidad (CFE), la capacidad instalada de electricidad en México, pasó de 35,000 MW a 52,000; aumentó la generación de electricidad de la nucleoeléctrica de Laguna Verde en 20%; se construyeron las hidroeléctricas El Cajón y La Yesca -esta última lleva su nombre-, así como los primeros parques de generación eólica en La Ventosa, Oaxaca, y en La Rumorosa, Baja California.
No menos importante, le tocó operar la absorción de CFE de los servicios de Luz y Fuerza del Centro en 2009 sin problema alguno en el servicio para la población. Por si fuera poco, modernizó Aeropuertos y Servicios Auxiliares (ASA).
Los resultados referidos los enumeró Juan Carlos Fuentes Orrala, subsecretario de Infraestructura, Comunicaciones y Transportes (SICT), en el homenaje luctuoso al ingeniero civil Alfredo Elías Ayub, realizado el jueves pasado por el Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM), del cual era socio emérito y Premio Nacional de Ingeniería Civil 2009.
Fallecido en noviembre pasado, Elías Ayub se desempeñaba como el primer Coordinador Ejecutivo del Consejo de Políticas de Infraestructura (CPI), iniciativa originada en el Colegio en 2024 como un órgano de la sociedad civil, que unió a nueve cámaras, colegios y asociaciones, con más de cien profesionales, para emitir documentos de posicionamiento serios, técnicamente sustentados, para colaborar con las autoridades en la planeación de la infraestructura con visión de largo plazo, responsabilidad y sentido social.
Servidor público de vocación, todavía una semana antes de su partida, Alfredo Elías Ayub se comunicó con Mauricio Jessurun, presidente del Consejo Directivo del CICM, para solicitarle tener listo el documento de posicionamiento del CPI respecto a una ley deseable en materia de inversión en infraestructura.
Un ejemplo a seguir para la ingeniería civil porque, como dijo el subsecretario Fuentes Orrala: “Muchas de las redes que hoy nos dan luz y la energía que mueve a México, lleva, de una u otra forma, su visión, su empeño y, sobre todo, su gran liderazgo. México no olvida a quienes a dedicado su vida a construir”.
Por qué las habilidades humanas definen la competitividad empresarial
Durante años, el discurso del mercado laboral giró en torno a la especialización técnica, y las certificaciones, el dominio de herramientas y los conocimientos duros parecían ser el pasaporte definitivo para la empleabilidad. Sin embargo, el ranking de habilidades más solicitadas por los reclutadores en 2025 presentado por Computrabajo, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, con base en más de 1.3 millones de vacantes, confirma que muchos líderes ya perciben que en la operación diaria, el verdadero diferenciador del talento está en lo humano.
En un entorno marcado por la automatización, la inteligencia artificial y la transformación digital acelerada, las empresas han entendido que los conocimientos técnicos se actualizan y, en muchos casos, se reemplazan con rapidez. Lo que no se automatiza con la misma facilidad es la capacidad de una persona para comunicarse, colaborar, adaptarse y generar confianza dentro de una organización.
Que la comunicación efectiva encabece el ranking no es casualidad, ya que hoy, los equipos son más diversos, híbridos y multidisciplinarios que nunca. La claridad para expresar ideas, escuchar activamente y alinear expectativas se ha convertido en un factor crítico para la productividad y la toma de decisiones. A ello se suman la proactividad y el trabajo en equipo, competencias que reflejan algo más profundo: la disposición del talento para involucrarse, asumir responsabilidad y construir soluciones colectivas en lugar de operar desde la individualidad.
Más abajo en el ranking aparecen habilidades que, aunque menos visibles, son igual de estratégicas. El compromiso, la orientación al servicio, la negociación y la resolución de problemas hablan de una fuerza laboral que no solo ejecuta tareas, sino que entiende su impacto en clientes, colegas y resultados. Estas competencias marcan la diferencia entre organizaciones que reaccionan ante los problemas y aquellas que los anticipan y gestionan con criterio.
Este panorama plantea un doble reto, por un lado para las empresas, que deben replantear sus procesos de atracción y evaluación de talento y por otro, para los profesionales, que necesitan entender que su desarrollo ya no pasa solo por acumular cursos o certificaciones, sino por fortalecer habilidades que impactan directamente en su empleabilidad y crecimiento.
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