Más que un encuentro entre mandatarios de derecha, la cumbre convocada por Donald Trump el fin de semana pasado en Miami, Florida, recordó un aquelarre político, no solo por la naturaleza ideológica de los asistentes, sino por el hecho de que ni siquiera se celebró en una sede diplomática oficial sino en un resort de golf propiedad de Trump.
El propósito de Trump estaba claro: reconfigurar políticamente el hemisferio bajo el liderazgo de Washington, aunque mediáticamente destaque la creación de una coalición regional de cooperación militar, policial y de inteligencia para enfrentar a los cárteles de las drogas, presentados por la administración Trump como una amenaza continental.
Basta echarle un vistazo a la lista de invitados para darse cuenta de que las intenciones van más allá. México, Brasil y Colombia quedaron fuera de ese grupo “selecto”. El caso de México es particularmente revelador: fue el país más mencionado durante el discurso del anfitrión, al que incluso señaló como el epicentro de la violencia de los cárteles y afirmó que buena parte de esas organizaciones alimenta el caos criminal en la región.
La presión no solo se refleja en la narrativa. Desde 2025, varias organizaciones criminales de nuestro país fueron designadas por la Casa Blanca como organizaciones terroristas extranjeras, una categoría jurídica que Estados Unidos ha utilizado históricamente contra redes como Al Qaeda o el Estado Islámico. Aunque la medida tiene efectos principalmente financieros y judiciales, algunos sectores en Washington sostienen que también podría justificar operaciones extraterritoriales contra esos grupos.
Desatinadamente, dada la relevancia del tema, Trump combinó acusaciones contra la negativa de México a aceptar una intervención militar estadounidense con halagos personales a la presidenta que atravesaron por “es muy buena persona” o “tiene una voz hermosa”, una estrategia que ya había utilizado con su predecesor, Andrés Manuel López Obrador.
Si bien la lucha contra los cárteles de las drogas es algo que preocupa a todos, la realidad parece inscribirse en una política retro: durante la Guerra Fría, Washington promovió alianzas regionales bajo el paraguas de la Organización de los Estados Americanos y del Tratado de Asistencia Recíproca con el objetivo de contener al comunismo. Hoy la amenaza ya no es ideológica sino criminal —y, en algunos casos, geopolítica frente a China—, pero la construcción estratégica es sorprendentemente similar: un bloque de gobiernos alineados con la Casa Blanca frente a un conjunto de países considerados ambiguos o poco confiables.
La reacción del gobierno mexicano, por ahora, ha sido notablemente prudente. Ningún país depende tanto de la relación de Estados Unidos como México: comercio, migración, seguridad y la integración derivada del T-MEC hacen imposible un enfrentamiento abierto. Por eso el silencio relativo de la presidenta puede interpretarse menos como debilidad que como una estrategia de contención.
El encuentro de Miami marcó un cambio en la forma en que Estados Unidos pretende relacionarse con América Latina. Más que foros multilaterales amplios, la estrategia parece orientarse a construir alianzas ideológicas selectivas.
México queda en medio. Demasiado importante para ser ignorado, pero muy autónomo para ser incluido sin condiciones. Resolver ese enigma será ahora la tarea más delicada de la diplomacia mexicana.
Feminismo de fachada y el cerco de la corrupción
En el teatro de la política mexicana, pocas puestas en escena han sido tan meticulosamente calculadas como la relación de Andrés Manuel López Obrador con el movimiento feminista. Lo que inició como una promesa de vanguardia, el primer gabinete paritario de la historia, terminó convirtiéndose en una muralla, tanto física como retórica, destinada a neutralizar la causa que más ha incomodado al régimen: la de las mujeres que exigen justicia en un país de diez feminicidios diarios.
La estrategia fue tan simple como perversa: la deslegitimación a través de la narrativa del caos. Cada 8 de marzo, el guion se repetía desde el púlpito de la mañanera. Antes de que la primera pancarta fuera levantada, el Ejecutivo ya había dictado sentencia: el movimiento estaba “infiltrado por el conservadurismo”. Al etiquetar la rabia legítima como una provocación orquestada por la “derecha”, el presidente no solo le dio la espalda a las víctimas, sino que preparó el terreno para la estigmatización.
La infiltración de grupos de choque, denunciada por diversas colectivas, sirvió como el pretexto perfecto para justificar las vallas de acero que rodearon Palacio Nacional. Aquellos muros no protegían el patrimonio histórico; protegían al ego presidencial del grito de las madres buscadoras y de las jóvenes violentadas. Al reducir el feminismo a actos de vandalismo sin “razón de ser”, el Estado logró que un sector de la opinión pública se centrara en el grafiti sobre el mármol y no en la sangre sobre la tierra.
Sin embargo, el golpe más cínico fue el uso de la paridad como moneda de cambio. El presidente se jactó de colocar a mujeres en los más altos puestos, pero la realidad detrás del escritorio reveló un patrón desolador: nepotismo, colusión y una lealtad ciega que raya en la complicidad.
No se trataba de empoderar a la mujer, sino de rodearse de figuras incondicionales capaces de solapar las sombras del proyecto político. Desde secretarías clave hasta propuestas para la Suprema Corte, hemos visto desfilar nombres cuyo mayor mérito es el apellido o la cercanía con el círculo íntimo de la familia presidencial. Esta “paridad de simulación” ha servido para encubrir una corrupción que, lejos de erradicarse, parece haber mutado hacia formas más familiares y herméticas.
Hoy, el calendario marca 2026 y el eco de aquellos escándalos, desde Segalmex hasta los contratos otorgados a los amigos del círculo cercano, ya no se puede acallar con otros datos. La justicia, aunque lenta y a veces maniatada por la reforma judicial que el propio mandatario impulsó, parece estar estrechando el cerco. Las investigaciones internacionales y la persistencia de mecanismos de fiscalización independientes apuntan a que el manto de impunidad tiene grietas.
El legado de López Obrador con las mujeres será recordado no por las funcionarias que nombró, sino por las vallas que levantó. Al final del día, el feminismo en México demostró ser mucho más que una “infiltración conservadora”; es un movimiento orgánico que sobrevivió a un sexenio de ataques frontales. Mientras tanto, la historia y, posiblemente, los tribunales, se encargarán de juzgar si ese gabinete paritario fue una herramienta de cambio o simplemente un escudo de género para proteger un sistema carcomido por el nepotismo.
80 años del Colegio de Ingenieros Civiles de México
Fue una tarde del 7 de marzo de 1946 cuando en las instalaciones de la entonces Asociación de Ingenieros Civiles y Arquitectos, se fundó el Colegio de Ingenieros Civiles de México (CICM), siendo su primer presidente Luis Rivero del Val. Desde entonces, esta asociación de profesionistas ha contribuido en la construcción de la infraestructura de nuestro país, mediante excelencia técnica, planeación, innovación y creatividad en beneficio de la población. Como dijo la presidenta Claudia Sheinbaum en su mensaje de felicitación al Colegio, “muy pocos ingenieros del mundo son como los ingenieros civiles de México”.
80 años después, la ingeniería civil enfrenta tres desafíos fundamentales, de acuerdo a los expertos del Colegio: primero, la demanda imperativa de infraestructura sostenible, porque ya no es una aspiración deseable, es un compromiso ineludible y pensar el multirriesgos para que instalaciones como hospitales, escuelas, vías de comunicación y presas, sigan funcionando a pesar de eventos extremos.
En segundo lugar, la acelerada transformación digital, porque todo apunta a herramientas y metodologías totalmente digitales, que ya no son opcionales, y son claves para reducir incertidumbres en la planeación, gestión y la inversión para cualquier proyecto. Y, en tercer lugar, la evolución del paradigma de la obra física hacia la infraestructura como un servicio continuo hacia la sociedad, pensando en resultados y beneficios sociales. Porque la obra de ingeniería no concluye con su inauguración, sino que empieza con su funcionamiento.
En la misión de participar desde la academia, la empresa, el sector público y otras asociaciones profesionales, es importante asegurar la continuidad institucional del Colegio mediante la unidad del gremio, la participación de nuevas generaciones y de más mujeres en la ingeniería civil y en el Colegio que los agrupa.
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