A pocos meses de que el balón ruede en la inauguración del Mundial 2026, México se prepara para ser, una vez más, anfitrión global. Sin embargo, antes de que los aficionados acudan al Estadio Azteca, el Akron o el BBVA, su primera impresión de nuestro país no será la mejor, pues en un primer impacto se encontrarán con terminales aéreas a tope y sin la infraestructura necesaria para albergar un evento como este.
Hoy, el panorama aeroportuario nacional es un claroscuro que debería encender las alarmas de las autoridades turísticas y de infraestructura. Hay un claro contraste de las sedes: Monterrey y Guadalajara vs. CDMX.
Mientras que en el norte y el occidente se respira un aire de modernización, en el centro la historia es distinta. El Aeropuerto de Monterrey (OMA) y el de Guadalajara (GAP) han avanzado con inversiones sólidas. Guadalajara, en particular, llega con una segunda pista y una Terminal 1 renovada que busca estar a la altura de un evento de clase mundial. Son esfuerzos privados que entienden que un aeropuerto es la carta de presentación de una ciudad.
En la capital, la apuesta es doble pero desigual. El AIFA, aunque moderno en sus instalaciones, sigue luchando por una conectividad terrestre que sea realmente funcional para el flujo masivo que se espera y no promete llegar a tiempo. Pero el verdadero “talón de Aquiles” es, sin duda, el AICM.
El AICM es la entrada a México que huele mal. Literal. Es inadmisible que el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, la principal puerta de entrada al país, reciba a viajeros internacionales entre andamios eternos, salas de espera saturadas y, lo más grave, un sistema de drenaje colapsado. No es solo un problema de logística o estética; es un tema de dignidad y salud pública.
Llegar a la Terminal 1 y ser recibido por el olor fétido de tuberías rotas no es la experiencia “FIFA” que se prometió. Es una negligencia que proyecta una imagen de abandono estructural ante los ojos del mundo.
La remodelación “cosmética” que se ejecuta a contrarreloj parece no atacar las entrañas del problema: la infraestructura básica. Si no se soluciona el colapso del drenaje y se agilizan las obras, el AICM será recordado no por su historia, sino por ser el bache más grande del torneo.
No debemos olvidar los aeropuertos que servirán como nodos logísticos para las concentraciones de los equipos. Cancún, donde promete estar basado Portugal y alguna otra selección, acostumbrado a volúmenes masivos, parece ser la joya de la corona en cuanto a eficiencia operativa.
No obstante, Puebla, que busca atraer a Colombia, Sudáfrica o Corea, enfrenta el reto de transformar una terminal pequeña y a veces subutilizada en un punto de acceso fluido para delegaciones internacionales que buscan rapidez y seguridad.
En fin, una asignatura pendiente más por resolver de parte de las autoridades mexicanas, que no están pensando en aprovechar el hueco que deja el hecho de que Estados Unidos y sus políticas migratorias, no son propias de un buen anfitrión.
Cuba: hacia el colapso ineludible
Producto de sus malas decisiones y de una presión externa deliberada que la ha llevado al límite, cada día que pasa, Cuba se va acercando más y más a un callejón del que difícilmente podrá salir. La fuerte caída del turismo no es un episodio aislado ni un simple rebote negativo tras la pandemia, es la señal más visible de un colapso económico.
En 2025 la isla recibió menos de 2 millones de visitantes internacionales frente a los 4,7 millones registrados en 2018, lo que representa la pérdida de millones de dólares en divisas para una economía que depende del turismo para generar entre el 30% y 35% de sus ingresos externos.
Las causas de este desplome no son nuevas; la diferencia es que hoy confluyen con una intensidad inédita. La crisis energética ha convertido a los apagones en parte de la vida cotidiana; hoteles, aeropuertos y sistemas de transporte operan de manera intermitente.
A esto se suma la escasez de alimentos, medicamentos y combustible, así como la reducción de vuelos internacionales, especialmente desde Canadá y Europa.
En un sector en el que la percepción lo es todo, Cuba dejó de ser vista como un destino confiable. No hay industria turística que sobreviva sin electricidad estable, logística funcional y servicios mínimos.
El problema energético es el corazón de la crisis actual. Durante años, Cuba sostuvo su economía gracias al suministro de petróleo venezolano, alcanzando picos de 100 mil barriles diarios. Tras la captura de Nicolás Maduro y la advertencia de Washington de sancionar a los países que entreguen crudo a La Habana, el aislamiento ha ido en ascenso.
Cuba opera hoy con menos del 50% de su capacidad eléctrica instalada, lo que paraliza la industria, reduce la producción agrícola y deteriora servicios básicos como hospitales y sistemas de agua. El país importa entre 65% y 75% de los alimentos que consume, y sin divisas ni combustible esa dependencia se vuelve crítica.
Desde 2021, la inflación acumulada supera el 300%, los salarios reales se han desplomado y la migración se ha convertido en la principal válvula de escape: más de medio millón de cubanos han escapado de la isla en los últimos tres años.
¿De qué vive Cuba hoy? De muy poco. El azúcar –emblema histórico– atraviesa una de sus peores zafras en más de un siglo. La exportación de servicios médicos continúa, pero los ingresos son decrecientes y los costos políticos van en aumento. El turismo que durante años fue el salvavidas ya no alcanza. La economía cubana no está estancada: está en contracción estructural.
En ese sentido la política de máxima presión establecida por Donald Trump, está diseñada para llevar al límite la capacidad de resistencia del Estado cubano. Sin ofrecer detalles, el mandatario estadounidense afirma buscar un “acuerdo”, pero lo hace desde una lógica perversa: primero asfixiar, luego negociar. El problema es que la asfixia no distingue entre gobierno y población. Los costos humanos son inmediatos; los resultados políticos, inciertos.
¿Hacia dónde apunta el futuro?
A corto plazo, a un agravamiento de la crisis social: más escasez, más migración, más informalidad. A mediano plazo, el escenario más plausible es una negociación forzada, no desde la fortaleza sino desde el agotamiento.
A largo plazo sin reformas internas profundas y sin un cambio en la estrategia externa, Cuba corre el
riesgo de convertirse en un Estado funcionalmente inviable, sostenido apenas por las remesas, ayudas puntuales y resiliencia de su población.
Cuba no está atrapada entre el socialismo y el embargo como fuerzas abstractas e inevitables; está atrapada entre decisiones políticas concretas, tomadas durante décadas, dentro y fuera de la isla. Un gobierno que apostó por el control antes que por la productividad, y una potencia que insiste en el estrangulamiento como método de cambio. El resultado no es transición ni reforma; es desgaste social.
Si no hay reformas internas reales y un giro externo que abandone el castigo como estrategia, el futuro cubano no apunta a una ruptura liberadora, sino a una lenta erosión. Y la erosión, a diferencia del conflicto abierto, casi nunca produce ganadores.
El triunfo de Petro
Como una persona genial calificó el presidente estadounidense Donald Trump a su homólogo colombiano, Gustavo Petro, con lo que el exguerrillero se colocó entre el selecto grupo de mandatarios que salen bien librados de un encuentro en la Casa Blanca, sin anécdotas incómodas, con elogios y, sobre todo, coincidencias.
El resultado es un triunfo para Petro, viniendo de atrás con un marcador en contra por el retiro de visa, sus declaraciones a favor del Estado palestino, sus cuestionamientos a las lanchas hundidas por Estados Unidos, las amenazas de Trump de colocarlo como segundo objetivo después de Maduro y como aliado de los narcoterroristas, algo que podría ser un largo etcétera si no fuera porque hablaron por teléfono, acordaron la reunión en Washington, y Petro llegó buscando coincidir.
Petro abordó con Trump solo cuatro temas: narcotráfico, crimen internacional, negocios en Venezuela y Haití. En el primer tema habría dado un giro radical y planteado a Trump ir por el Ejército Gaitanista de Colombia, mejor conocido como “Clan del Golfo”, el ELN y el llamado Estado Mayor Central de las disidencias de las FARC, todos recién designados organizaciones terroristas por Estados Unidos. Radical, porque hasta ese momento el gobierno colombiano sostenía unas negociaciones de paz improductivas con el Clan -el cual obviamente se retiró-, y porque ahora Petro busca unir esfuerzos también con
Venezuela para acabar con el ELN y los disidentes de las FARC.
Petro ya va de salida de la Presidencia, pues el próximo 31 de mayo hay elecciones presidenciales y esto hacía fundamental el encuentro. Iván Cepeda, el candidato del oficialista Pacto Histórico, encabeza las preferencias electorales, ante una oposición fragmentada. Sin embargo, salvo México, pocos países latinoamericanos tienen una relación tan intensa con Estados Unidos como Colombia, y para Petro es fundamental demostrar que la izquierda colombiana puede articular una buena relación con el país
norteamericano, particularmente con un presidente tan impredecible como Trump, y un país con una clase política tan caótica como Colombia. Al parecer lo logró, dejándole un escenario ideal a Cepeda, también ex integrante del M-19.
Cuando la movilidad se vuelve inteligente
Durante años, el mercado de autos usados en México estuvo ahí, enorme y desordenado, pero sin las herramientas para aprovechar su verdadero potencial. La fragmentación, la desconfianza y la falta de información frenaron cualquier intento serio de crear esquemas financieros que lo hicieran más accesible. Arrendar un auto seguía siendo un privilegio reservado para quien podía pagar uno nuevo.
Hoy, ese paradigma empieza a romperse. Wahu entendió que el problema no era el seminuevo, sino la manera en que se medía el riesgo. Al unir compraventa, leasing y tecnología en una sola plataforma, logró convertir datos en decisiones: selecciona mejor los vehículos, ajusta precios con precisión y reduce la incertidumbre.
El resultado es un modelo más flexible, más económico y, sobre todo, más cercano a la realidad de quienes necesitan moverse sin descapitalizarse.
Que hoy la mitad de sus clientes prefiera arrendar en lugar de comprar no es una casualidad. Es la señal de que la movilidad está cambiando de lógica: ya no se trata de poseer, sino de elegir mejor. Y en tiempos donde cada peso cuenta, esa puede ser la decisión más inteligente.
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