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El Trono de Davos o la paz según Trump

por El Consejero

Hay una línea muy delgada entre la ambición geopolítica y el delirio de grandeza, y Donald Trump acaba de cruzarla en los Alpes suizos a bordo de un Air Force One que parece más un carruaje imperial que un transporte oficial. La creación del Consejo de la Paz no es, a pesar de lo que digan sus portavoces, una iniciativa diplomática. Es el monumento definitivo a la megalomanía de un hombre que ya no se conforma con presidir una nación, sino que aspira a ser el árbitro supremo de la existencia humana.

En los pasillos del Foro Económico Mundial hay un murmullo permanente que solo habla de Trump. El presidente estadounidense ha ido a Suiza a que le besen el anillo. Su “Consejo de la Paz” es la culminación de una visión donde el orden mundial no se rige por tratados, sino por su instinto personal; un mundo donde la paz no es un derecho, sino una concesión firmada con su propia caligrafía dorada, como su cabellera.

Lo más revelador de este nuevo organismo no es su misión, sino su estructura de “club privado”. Al exigir una cuota de 1,000 millones de dólares para sentarse en la mesa, Trump ha transformado la seguridad global en un producto de lujo. Es la diplomacia premium: si tienes el dinero, tienes la paz; si no, quedas a merced de los elementos.

Esta obsesión por el control total se manifiesta en su insistencia por ser el “Director Vitalicio” del organismo, es un movimiento que ignora la finitud de los mandatos democráticos y la naturaleza misma de la diplomacia. Para Trump, las instituciones como la ONU son “débiles” porque no tienen un rostro único; él ofrece una solución: la paz tiene su cara, su nombre y, por supuesto, su precio.

La megalomanía alcanza su punto álgido cuando se observa el desprecio por la soberanía ajena. Sus movimientos respecto a Groenlandia, tratándola como si fuera una propiedad inmobiliaria en Manhattan que necesita una remodelación, son el reflejo de una mente que ya no distingue entre el mapa y el mercado.

Mientras figuras como Tony Blair o Jared Kushner orbitan alrededor de este nuevo centro de gravedad, el resto de los líderes mundiales observan con una mezcla de miedo y repudio. El rechazo de importantes y prestigiados jefes de estado no es solo una diferencia de criterios; es una resistencia ante la idea de que la historia del siglo XXI sea escrita por una sola pluma en una oficina de Mar-a-Lago o en la Casa Blanca.

El peligro de este mesianismo político es que no admite el término medio. Al centralizar la resolución de conflictos en su figura, Trump ha lanzado un ultimátum al planeta: o aceptan su Consejo de la Paz, o se enfrentan al caos que él mismo es capaz de alimentar con un solo post en su red social.

Davos 2026 marcará el momento en que el narcisismo se convirtió en doctrina de Estado. El Consejo de la Paz no busca el fin de las guerras, busca la inmortalidad política de su creador. Al final del día, en las frías cumbres suizas, ha quedado claro que para Donald Trump, el mundo es solo un escenario, y el resto de los líderes mundiales, simples extras en la película de su vida.

FITUR: el espejo donde México se reconoce como potencia turística

Sin lugar a dudas es una gran distinción que México haya asistido como país invitado a FITUR. La Feria Internacional de Turismo de Madrid es una de las plataformas más influyentes del sector a nivel global y, en un contexto de competencia feroz entre destinos, ofrece algo que el turismo necesita tanto como inversión: visibilidad estratégica. Que México ocupe el centro del escaparate internacional confirma el peso real del sector, uno que hoy aporta alrededor del 9% del PIB nacional, genera más de 8 millones de empleos directos e indirectos y se ha consolidado como una de las principales fuentes de divisas del país con ingresos anuales superiores a los 30 mil millones de dólares. FITUR exhibe lo evidente: el turismo mexicano es una potencia económica.

Ciertamente los flujos turísticos han resistido e incluso han crecido, pero más por factores estructurales –proximidad con Estados Unidos, turismo de playa consolidado, tipo de cambio competitivo– que por una estrategia deliberada. Con FITUR nuestro país vuelve a invertir en promoción global, aunque sea de forma extraordinaria, tras años de austeridad en la materia.

Más del 60% del turismo internacional se encuentra concentrado en unos cuantos destinos encabezados por el Caribe mexicano, mientras amplias regiones con potencial cultural, histórico y natural quedan fuera del radar internacional. La ausencia de una política activa de promoción y conectividad ha impedido que el turismo opere como herramienta de equilibrio regional, reproduciendo desigualdades. FITUR ofrece la posibilidad de corregir esa narrativa, pero solo si se acompaña de inversión en infraestructura, seguridad, transporte y gobernanza local una vez que haya caído el telón de la feria.

Pero hablar de turismo no es solo referirse a inversión; es también capital humano. El sector representa alrededor del 13% del empleo nacional, pero buena parte de estos puestos se caracterizan por la informalidad, los bajos salarios y la alta rotación. La política pública ha privilegiado el volumen de visitantes por encima del valor que cada visitante genera y de la calidad de empleo que sostiene a la industria. FITUR muestra lo que México podría consolidar: un modelo basado en servicios especializados, experiencias culturales, turismo urbano y de alto valor agregado.

La participación de México como país invitado en FITUR coincide con un momento coyuntural decisivo. El Mundial de Futbol de 2026 podría atraer a más de 5 millones de visitantes adicionales y generar ingresos superiores a los 3 mil millones de dólares en el corto plazo. Pero el verdadero impacto no se medirá durante el torneo sino después. La pregunta obvia es si se aprovechará este aparador para diversificar destinos, elevar el gasto promedio por turista y fortalecer capacidades locales o si se repetirá el modelo de crecimiento inercial concentrado en pocos polos. FITUR no debería ser solo una vitrina internacional: debería ser el punto de partida para una política turística con visión de Estado.

Hoy lo único claro es que el turismo sostiene a México, falta saber si México decide sostener, con estrategia y largo plazo, a su turismo.

Quintana Roo y Edomex, con visión estratégica en Fitur

Y hablando de Feria Internacional de Turismo (Fitur) 2026 en Madrid, este miércoles, la secretaria de Turismo, Josefina Rodríguez Zamora, junto con el embajador Quirino Díaz Coppel, inauguró el Pabellón de México donde, por primera vez, se cuenta con la participación de las 32 entidades, al ser México el país invitado del evento, bajo el slogan “México está de moda”.

En el acto estuvieron presentes seis gobernadoras y gobernadores: Marina del Pilar Ávila, de Baja California; Libia García, de Guanajuato; Pablo Lemus, de Jalisco; de Querétaro, Mauricio Kuri; de Quintana Roo, Mara Lezama; y de Tlaxcala, Lorena Cuéllar; además de secretarios y secretarias de Turismo de las 32 entidades; y alcaldes de varias ciudades.

Durante la visita a Madrid, llamó la atención que la gobernadora Mara Lezama estuvo acompañada en varias actividades por su secretario de Turismo, Bernardo Cueto y la presidenta municipal de Cancún, Patricia Peralta; además de la secretaria de Cultura y Turismo del Estado de México, Nelly Carrasco Godínez, el presidente municipal de Metepec, Fernando Flores; y el empresario mexiquense Luis Montaño. 

Este interesante combo quintana-mexiquense es parte de una agenda de diálogo orientada a fortalecer la promoción turística, la atracción de inversión y la proyección internacional de destinos estratégicos del país, y qué mejor para el Estado de México que acercarse en ello al estado turístico por excelencia, el cual ocupa el espacio más grande del pabellón de la Fitur.

Más allá de lo promocional, ambas entidades ven la participación de México, con sus estados y varios municipios en la Fitur 2026, de manera estratégica, con la visión de  impulsar al turismo como un motor real de desarrollo económico, generación de empleo e inversión, además de proyectar al mundo la riqueza cultural, histórica y gastronómica del país. 

Convivir sin afinidad: una competencia directiva subestimada

En el mundo corporativo se habla mucho de liderazgo, innovación y cultura organizacional, sin embargo, pocas veces se reconoce una de las habilidades más determinantes para la estabilidad de los equipos, es decir, la capacidad de convivir profesionalmente con personas con las que no existe afinidad.

Seamos honestos, nadie elige a sus compañeros de trabajo y por regla general, los equipos se conforman por organigramas, proyectos, urgencias y decisiones estratégicas, no por afinidades personales, y ahí comienza uno de los mayores retos silenciosos de la vida laboral. La narrativa romántica de la “familia laboral” suele ocultar la verdad incómoda de que el entorno profesional no está diseñado para agradarnos, sino para producir resultados. En ese proceso, la madurez emocional se convierte en un activo tan valioso como cualquier habilidad técnica.

De acuerdo con la experiencia cotidiana en las organizaciones, los conflictos interpersonales no surgen por grandes diferencias ideológicas, sino por pequeños roces. La mayoría no se originan en la mala intención, sino en la falta de autocontrol, mala comunicación y ausencia de límites.

Por ello, las recomendaciones compartidas por Computrabajo, el sitio de empleo líder en Latinoamérica, no deben leerse como consejos de convivencia, sino como competencias ejecutivas. Mantener la relación en un plano profesional, evitar el ruido de los chismes, identificar puntos en común, comunicarse con claridad y establecer límites mentales no es diplomacia blanda, es inteligencia organizacional. 

El líder que sabe convivir con quien no le agrada entiende que el trabajo no es un escenario emocional, sino un espacio de responsabilidad compartida, que el respeto no depende de la simpatía, sino de la ética y que la estabilidad emocional es una forma avanzada de liderazgo. Además, existe un beneficio poco mencionado, que aprender a gestionar estas relaciones fortalece el carácter profesional, nos obliga a observarnos, a regularnos y a crecer. 

En un mercado laboral donde el talento técnico abunda, pero la inteligencia emocional escasea, convivir sin afinidad se convierte en una ventaja competitiva. Al final, no podemos cambiar a las personas con las que trabajamos, pero sí podemos transformar la manera en que nos relacionamos con ellas.

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