Durante décadas, la industria automotriz global estuvo dominada por un puñado de países y marcas que marcaron el ritmo tecnológico, comercial y hasta cultural del sector. Sin embargo, en los últimos quince años, y de forma especialmente acelerada tras la transición hacia la electromovilidad, China ha dejado de ser solo “la fábrica del mundo” para convertirse en uno de los actores más influyentes y disruptivos de la industria automotriz internacional.
Este cambio no ha sido marginal: ha reconfigurado cadenas de valor, estrategias empresariales y mercados completos, incluido México. El ascenso de las automotrices chinas no es casualidad. Se sustenta en una combinación de política industrial agresiva, inversión masiva en tecnología —especialmente en baterías y vehículos eléctricos— y una capacidad de producción a gran escala difícil de igualar.
Marcas como BYD, SAIC, Chery, Geely o Great Wall han pasado de ser vistas con escepticismo a competir de tú a tú con fabricantes tradicionales en precio, equipamiento y, cada vez más, calidad. Hoy, China no solo produce más autos que cualquier otro país, sino que también lidera la transición hacia el vehículo eléctrico.
En México, este fenómeno ha tenido un impacto particular y, en muchos sentidos, incómodo. Por un lado, la llegada de marcas chinas ha democratizado el acceso a vehículos nuevos, bien equipados y relativamente asequibles, en un mercado donde los precios habían escalado de forma constante. Para el consumidor mexicano, esto ha significado más opciones, mayor competencia y una presión directa sobre las marcas tradicionales para ofrecer más por el mismo precio.
Pero el impacto va mucho más allá del aparador. México es un pilar de la manufactura automotriz global, profundamente integrado a la cadena productiva de Norteamérica. La irrupción china desafía ese modelo. Algunas armadoras chinas ya exploran instalar plantas en territorio mexicano para aprovechar el T-MEC, la ubicación estratégica y la mano de obra calificada. Esto representa una oportunidad clara de inversión, empleo y transferencia tecnológica, pero también plantea tensiones geopolíticas y comerciales, especialmente frente a Estados Unidos, que observa con recelo la expansión china en su esfera industrial.
Además, la industria china ha obligado a México a confrontar una realidad incómoda: la dependencia histórica de tecnologías desarrolladas fuera del país. Mientras China apostó tempranamente por baterías, software y electrificación, México sigue siendo, en gran medida, un centro de ensamblaje. La pregunta ya no es si el país puede atraer nuevas plantas, sino si será capaz de subirse a los eslabones de mayor valor agregado del futuro automotriz.
Los operativos inminentes
Entrevistado en Fox News, Donald Trump dijo que ahora sigue atacar a los cárteles por tierra, específicamente en México, luego de que estimó exitosas las operaciones en el Caribe y el Océano Pacífico, al reducir en 97 por ciento el flujo de drogas por vía marítima, según sus otros datos, y que los cáteles controlan nuestro país.
La declaración no es nueva. En reiteradas ocasiones el presidente estadounidense se ha mostrado dispuesto a realizar acciones contra las organizaciones de narcotraficantes en México y Colombia. La diferencia sustancial es que ya se vio la voluntad y la capacidad de hacer un operativo de alta envergadura como el realizado en Venezuela para sustraer a Nicolás Maduro y a su esposa, a lo que se suma el envalentonamiento de Trump para abrir múltiples frentes: adjudicarse Groenlandia, atacar Irán, terminar con el régimen cubano, dejar la OTAN, además del control de Venezuela.
Trump ha tomado la bandera del combate al narcotráfico desde la perspectiva terrorista, no porque lo sea, sino porque es la clasificación que le permite utilizar otras herramientas y recursos, entre ellos los militares, para combatirlo. Sin embargo, el ejemplo venezolano evidenció rápidamente una demostración de poder con motivación imperialista, con un saldo de un centenar de muertos que sería injustificable en una acción policial, por muy alto perfil que tenga.
Ante los dichos del magnate, la presidenta Claudia Sheinbaum instruyó al canciller Juan Ramón de la Fuente reunirse con el secretario de Estado, Marco Rubio, quien hasta el momento ha celebrado la colaboración bilateral sin precedentes entre México y Estados Unidos, y los resultados del gobierno mexicano en el combate al narcotráfico.
Tal vez vengan declaraciones de calma por parte de Rubio, lo que se ve cada vez más inevitable es que en algún momento de este 2026 sucedan esos operativos quirúrgicos para capturar y/o eliminar capos en México. Razones hay muchas: primero, porque Trump lo ha advertido y ya vio que si pudo contra Maduro y su aparato de seguridad, se podrá contra narcotraficantes; segundo, porque vienen elecciones de medio término, los demócratas encabezan las encuestas, y al presidente le urge mantener la mayoría absoluta en el Legislativo y los golpes al narco serían a su favor; tercero, viene la revisión del T-MEC y qué mejor que debilitar más a su contraparte mexicana.
No será algo para celebrar, mal harían la oposición y los detractores del gobierno en hacerlo. La condena es obligada, pero el gobierno de Sheinbaum tendrá que buscar capitalizar a su favor esos operativos prácticamente irremediables: antes de que ocurran, sugiriendo los objetivos deseables; después de su ejecución, para terminar el trabajo de desarticulación de la o las organizaciones criminales afectadas.
Donald Trump y el principio del fin del liderazgo estadounidense
De pronto pareciera como un Zeus dispuesto a someter a su caprichosa voluntad a todos los gobiernos de la tierra. Donald Trump volvió a hacerlo. Con el anuncio del abandono de 66 organismos internacionales, el presidente no solo reafirma su desprecio por el multilateralismo, sino que ejecuta uno de los gestos más radicales de repliegue estratégico de una potencia hegemónica en la historia contemporánea. No es cualquier cosa: es redefinir el lugar de la Unión Americana en el mundo.
Resulta una incongruencia. Una de las lecciones que con mayor claridad aprendió Washington de la Segunda Guerra Mundial fue que el poder no solo se ejerce con las armas o el peso económico, sino construyendo reglas, instituciones y consensos. Estados Unidos fue el arquitecto –y no gratuitamente– del sistema internacional que hoy conocemos. Abandonarlo voluntariamente no es una muestra ni de poder ni de fortaleza, es simplemente un despropósito estratégico.
Con una miopía inexplicable y un autoritarismo inquietante sobre la concentración de decisiones en una sola figura, Trump asegura que estos organismos “perjudican” a su país, que le sangran recursos y limitan su soberanía. Un argumento populista que, como tal, termina por resultar engañoso, porque la realidad es que esas instituciones han sido históricamente instrumentos del poder estadounidense, plataformas que le han permitido moldear normas globales, condicionar comportamientos y legitimar su liderazgo. Salirse de ellas no libera a Estados Unidos: lo desarma políticamente.
El liderazgo no se impone, se reconoce. Ningún aliado confía en un socio que entra y sale de los compromisos internacionales según el ciclo electoral o el estado de ánimo del presidente. El vacío que deja la Unión Americana no tardará en llenarse: China, Rusia y potencias regionales ya deben de estarse frotando las manos.
¿Estamos frente a una política aislacionista? Trump rechaza la etiqueta, pero los hechos lo contradicen. No es el aislacionismo clásico del siglo XX, sino uno selectivo y transaccional: Washington solo participa si el beneficio inmediato es evidente y unilateral. Todo lo demás –cooperación, corresponsabilidad, visión de largo plazo– es considerado una carga. El resultado es un Estados Unidos menos influyente y más solitario. Una versión amarga: del “America First” al “America Alone”.
La grandeza promovida por Trump sienta sus raíces en la intimidación, algo que tal vez pueda funcionar en un corto plazo. No hablamos de la grandeza que implica liderar un orden global estable que beneficie a sus ciudadanos durante décadas. Las grandes potencias no solo ganan disputas; construyen sistemas que sobreviven a sus líderes.
La herencia para las nuevas generaciones de estadounidenses será como una loza. Un país menos confiable, alianzas debilitadas, reglas internacionales diseñadas sin su influencia y un mundo más inestable: el legado de Trump no es un Estados Unidos más fuerte, sino uno menos protagónico en el sistema que él mismo ayudó a crear.
La paradoja final resulta casi brutal: al tratar de recuperar la grandeza del pasado, Trump está acelerando la pérdida de grandeza del presente. Hoy, en un mundo tan interdependiente, retirarse no es una muestra de poder, sino de abdicación.
